«El ayuno que yo amo»

«Así habla el Señor: Este es el ayuno que yo amo: si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu obscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tu serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan…»

Una de las prácticas que invita la Iglesia en este tiempo litúrgico es el ayuno. Desde el primer día de la Cuaresma estamos invitados a vivir este gesto como signo de preparación al intenso camino penitencial que ya hemos iniciado.

Aunque la Escritura no ordena que los cristianos ayunen, no es algo que Dios requiera o demande de los cristianos, pero al mismo tiempo, la Biblia presenta el ayuno como algo que es bueno, beneficioso y esperado. El libro de los Hechos registra el ayuno de los primeros cristianos  antes de tomar decisiones importantes: «Ellos después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron…» (Hch 13,3); «En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído…» (Hch 14, 23).

El ayuno con frecuencia va ligado a la oración (Lc 2,37; 5,33). Creemos casi siempre que el objetivo del ayuno es la falta de alimento. En cambio, el propósito del ayuno debe ser quitar tus ojos de las cosas de este mundo y concentrarte en Dios y en el prójimo. El ayuno es una manera de demostrar a Dios, y a ti mismo, que tomas en serio tu relación con Él. El ayuno te ayuda a obtener una nueva relación y una renovada confianza hacia Dios. La Iglesia nos llama a practicarlo oficialmente el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo de la Pasión del Señor, y todos los Viernes de este tiempo, a hacer abstinencia de carne si es posible.

Actualmente el ayuno ha perdido la fuerza en cuanto a su importancia en la vida cristiana, se ha parcializado su original motivación, por un lado se alegan motivos como, que es una practica antigua que ya no es necesaria en la Iglesia, otros la han reducido a un ámbito de caridad y que mi ayuno pasa por ayudar y desprenderme de algo con la finalidad de ayudar a mi prójimo. Y también se lo ha circunscrito al ámbito íntimo de la fe para mi bien y provecho personal.

Si bien esto es parte de la verdad, no podemos dejar de decir que nos falta claridad y una visión global, en cuanto a la importancia de este gesto en nuestra vida cristiana y en la vida de la Iglesia. El ayuno tiene una dimensión integral y social, personal y comunitaria a la vez. Esta orientado a mi bien espiritual como al bien de mi prójimo. Como nos orienta e ilumina la palabra, el verdadero ayuno comienza  eliminando todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna. Una primera invitación a  eliminar y romper las cadenas que nos atan a formas antievangélicas de pensar, de obrar, y practicar, que atentan contra nuestra felicidad y nuestra dignidad.

Romper en primer lugar con mis propias cadenas para comenzar con la liberación total de todos los hombres; la cadena de egoísmo, primer atentado a la justicia social, los yugos de la mentira que oscurecen la verdad, el yugo de la indiferencia, la apatía, la mediocridad, la comodidad, «cómplices» de todo este «orden de cosas»; decidirnos a sacarnos y sacudirnos de una buena vez las cadenas que estamos ya acostumbrados a tener. Pero para este acto de liberación hace falta el soplo de Dios que nos invita a este éxodo cuaresmal, impulsados y animados por su promesa. Solo así es posible esta revolución espiritual.

En un segundo momento nos invita a «si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria» y aquí descubrimos la dimensión social y comunitaria de nuestro ayuno. No es solamente abstención de alimentos, un método de dieta o un esfuerzo ascético oriental, el ayuno nos abre a la dimensión fraterna, nos ayuda a apartar los ojos de las cosas de este mundo, para poder enfocarnos más profundamente en Cristo y en los hermanos. El ayuno no es una forma de lograr que Dios haga lo que deseamos, sino descubrir que es lo que Él desea con nosotros. El ayuno nos cambia a nosotros, no a Dios. El ayuno no es una manera de aparecer más espirituales que otros. El ayuno nos ayuda a  crecer en espíritu de humildad, de disponibilidad y una actitud gozosa ante Dios y los hermanos.

Por último la Palabra concluye diciendo como fruto de toda esta vivencia «tu luz se alzará en las tinieblas y tu obscuridad será como el mediodía. El Señor te guiará incesantemente, te saciará en los ardores del desierto y llenará tus huesos de vigor; tú serás como un jardín bien regado, como una vertiente de agua, cuyas aguas nunca se agotan…». Puestas nuestras miradas en Él y lo que nos promete, caminemos esperanzados, dejándonos transformar por todos los medios que Él nos ofrece.

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