Yo, padre

“Tanto tienes, tanto vales”. Esta parece ser la máxima que hoy hace girar al mundo. La posesión ocupa los primeros lugares de nuestras prioridades cotidianas, y finalmente nos preocupamos más por el tener, marginando la contundencia superior del ser.

Un matrimonio cristiano transita el camino agotador, y no poco frecuente, de la búsqueda del primer hijo. Muchos análisis a la esposa, otros tantos al esposo, variadas pruebas de laboratorios, visitas a distintos médicos y clínicas especializadas en reproducción. Las expectativas no son buenas, y se busca una segunda opinión, luego una tercera, luego una cuarta. Pasa el tiempo y no hay buenas probabilidades de un embarazo natural. El sueño de tener un hijo propio se ahoga en un mar de papeles con resultados de estudios poco alentadores.

Algún médico recomienda a la pareja “les aconsejo que lean tal libro sobre esterilidad”, otro sentencia de forma lapidaria “no existe posibilidad alguna de un embarazo natural en ustedes, les recomiendo la fecundación in vitro, para la cual deberían pensar en una inversión de tanto dinero”. El desánimo gana más terreno día a día.

Esta experiencia provoca nuevas inquietudes en la pareja, y casi sin quererlo, y empujados por la fe que viven, aprenden más sobre bioética y sobre la dignidad de las personas. Entienden la diferencia entre concebir y fabricar un ser humano. Saben del insulto a la dignidad humana que implica cosificar una persona al congelarla y resguardarla en algún depósito con futuro incierto. Descubren el terrorífico “daño colateral” de las personas, que en forma de embriones, podrán morir al tratar de implantarlas artificialmente en el útero de una mujer.

Quizás sea difícil de entenderlo a primera vista, pero es un hecho: la vida humana vale infinitamente más que cualquier antojo o necesidad de tener un hijo propio, por más justificado que creamos nuestro deseo.

Mientras buscaban respuestas de la medicina a la inquietud de poder concebir un hijo en forma natural, crecieron y se formaron en el aspecto moral de la transmisión de la Vida, hecho que quizás podrían haber ignorado de no haber tenido la cruz de la infertilidad. Con todo esto llegaron a dos conclusiones:

  • La situación ideal no es que todo matrimonio pueda concebir sus propios hijos, sino que todo hijo pueda contar con un matrimonio como padres.
  • El tener un hijo no es tan valioso como el ser padres.

Por lo tanto, al entender que hay otras maneras de ser padres, el ánimo se renueva y renace la esperanza. La adopción es una oportunidad cierta y real de ser padres, que seguramente contará como una gracia especial a la hora de rendir cuentas a Dios.

Entendidas y asumidas estas realidades básicas sobre la vida, y comenzando a enderezar los esfuerzos hacia la adopción, este matrimonio se sorprende con un embarazo natural. Dios llega donde la ciencia no, “por que para Dios nada es imposible” (Lucas 1, 37).

Hoy domingo celebramos en Argentina el “Día del Padre”. En lo personal con un sabor especial, por que es el primero en el que se me agasaja, ya que el Padre Celestial bendijo nuestro matrimonio con un hijo que nos encomendó. Gigante responsabilidad.

San José es el modelo de padre que todo papá debería imitar. De él supo decir San Agustín (subrayando su condición de padre adoptivo):

“Mejor cumplió él la paternidad del corazón que otro cualquiera la de la carne”

(San Agustín, Sermo 51, 26)

Fue la oración constante la que tocó el corazón de nuestro Señor y conmovió a María como intercesora para dejarnos este hijo tan buscado, y será también la oración la que nos iluminará para cumplir el comprometido rol de ser padres.

Gracias Dios por el regalo de la paternidad y por la vocación de todos los matrimonios llamados a la adopción.
Felíz día para Vos también.

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