¿De qué tiene necesidad la Iglesia?

Compartimos el rico mensaje del querido Papa Pablo VI:

La Iglesia tiene necesidad de su perenne Pentecostés. Necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser templo del Espíritu Santo, necesita pureza total, vida interior. La Iglesia tiene necesidad de volver a sentir subir desde lo profundo de su intimidad personal, como si fuera un llanto, una poesía, una oración, un himno, la voz orante del Espíritu Santo, que nos sustituye y ora en nosotros y por nosotros “con gemidos inefables” y que interpreta el discurso que nosotros solos no sabemos dirigir a Dios. La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de su verdad, y escuchar con silencio inviolable y dócil disponibilidad la voz, el coloquio elocuente en la absorción contemplativa del Espíritu, el cual nos enseña “toda verdad”.

A continuación, necesita también la Iglesia sentir que vuelve a fluir, por todas sus facultades humanas, la onda del amor que se llama caridad y que es difundida en nuestros propios corazones “por el espíritu Santo que nos ha sido dado”. La Iglesia, toda ella penetrada de fe, necesita experimentar la urgencia, el ardor, el celo de esta caridad; tiene necesidad de testimonio, de apostolado. ¿Lo han escuchado, hombres vivos, jóvenes, almas consagradas, hermanos en el sacerdocio?. De eso tiene necesidad la Iglesia. Tienen necesidad del Espíritu Santo en nosotros, en cada uno de nosotros y en todos nosotros a la vez, en nosotros como Iglesia. Si, es del Espíritu Santo de lo que, sobre todo hoy, tiene necesidad la Iglesia. Decidle, por tanto, siempre: “¡VEN!”

(Pablo VI, discurso del 29 de noviembre de 1972)

Oración

Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es una letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad un poder,
la misión una propaganda,
el culto un arcaísmo
y la actuación moral
una conducta de esclavos.

En Cambio, en Él:
el cosmos se encuentra ennoblecido
y movilizado para la generación del reino,
Cristo resucitado se hace presente,
el Evangelio se vuelve potencia y vida,
la Iglesia realiza la comunión trinitaria,
la autoridad se transforma
en un servicio liberador,
la acción humana es deificada.

Patriarca Atenágoras I [1886 – 1972]

La Santa Misa: centro y raíz de la vida interior

La Santa Misa es uno de los grandes misterios de nuestra Fe, en el cual memoramos el sacrificio del Calvario. El término “misterio”, en sentido teológico, es una verdad cuya existencia sólo podemos conocer por la Revelación. La razón humana no puede demostrarlo ni profundizar en toda su esencia, pero, con la ayuda de la Revelación, podemos, ilustrarlo y alcanzar el suficiente conocimiento para apreciar este gran don de Dios y aprovechar su riqueza espiritual.

Por de pronto, diremos que la Santa Misa es la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario. Sacramentalmente, se hace de nuevo presente aquel Sacrificio superabundante: es el mismo Sacrificio, pues hay una misma Víctima y un mismo Sacerdote, Cristo. Para entender el milagro de la Santa Misa es preciso prescindir de nuestras categorías de tiempo y espacio, de un modo inefable nos trasladamos en el tiempo al Gólgota: ¡estamos presentes en el Sacrificio del Calvario!

Sólo nos detendremos en la afirmación anterior, y que además, no puede ser tomada a la ligera. Si el sacrificio de Cristo fue en un momento histórico determinado y tuvo un valor infinito, permitiendo abrir las puertas del Cielo que nos estaban vedadas desde el pecado original, y que sus efectos fueron para todos los hombres, anteriores a Cristo histórico y todos los que vayan a venir al mundo hasta el fin de los tiempo, ¿cómo puede renovarse?

Pablo VI decía:

“Nosotros creemos que la Misa celebrada por el sacerdote, representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el Sacramento del Orden, y ofrecida por el nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo Místico, es realmente el Sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares”

(Pablo VI, Profesión de fe, 30/VI/1968).

Es decir, el sacerdote actuando en nombre y persona del propio Cristo (in nomine et in persona cristiae) presta su cuerpo y voz a Cristo, para que diciendo las palabras de la liturgia, las especies del pan y del vino se transformen (formalmente transubstanciación) en el Cuerpo y Sangre del Divino Redentor. Es decir, que en cada Misa que se celebra en el mundo y en la que participemos, en el momento de la consagración las mentadas líneas de tiempo y espacio se diluyen y nosotros estamos en el monte Gólgota en el preciso momento de la Crucifixión. Motivo más que importante para no estar “desconectados” de lo que en ese momento está pasado. Parafraseando a San Josemaría, diremos que estamos en presencia de un verdadero milagro.

La Santa Misa es verdadero sacrificio. En todo sacrificio se dan dos elementos: oblación (ofrecimiento) e inmolación (destrucción). En la Santa Misa se da también, sobre la misma Víctima, la renovación de la inmolación, que se realiza místicamente (misteriosamente) al consagrar por separado el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Los fines de la Santa Misa son, lógicamente, los mismos que los del Sacrificio de la Cruz: latréutico, o de adoración; eucarístico, o de acción de gracias; propiciatorio, o de reparación; impetratorio, o de petición.

Como conclusión de estas palabras, podemos afirmar lo siguiente. Participar en la Santa Misa implica seguir con atención las rúbricas; pero necesitamos llegar mas lejos: contemplar «el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo (…). La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» (San Josemaría, “Es Cristo que pasa”, nro. 86-87).  «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fíeles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros».

Y, ¿cómo transformar la misa en centro y raíz? Muy sencillo. La misa es centro de la vida del cristiano porque a través de ella debemos ordenar nuestro día. Antes de la Misa, poniendo sobre la patena, intenciones, proyectos, sueños, nuestro apostolado, etc. Durante la Misa, pidiendo perdón, reparando por nuestras faltas, dando gracias. Luego de comulgar, adorando a Cristo presente en nuestro propio cuerpo y alma. Por último, una vez finalizada la Misa, poniendo por obra todo lo anterior, trabajando bien, con excelencia y con amor de Dios, ofreciendo y ya pensando en nuestra próxima Misa.

Y es la raíz porque de la Misa, y en particular de la comunión, sacamos toda la fuerza espiritual para trabajar, para estar con nuestra familia, para hacer tareas apostólicas, en definitiva para crecer en santidad, en vida interior. Un buen propósito sería en participar entre semanas del Santo Sacrificio del Altar, además del domingo. Un excelente propósito: Asistir diariamente a Misa, porque Jesús nos espera en la eucaristía.

En suma,  es una cuestión de amor: no es cuestión de tiempo o de facilidad, sino de amor. «La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto» (San Josemaría, “Camino”, nro. 529).

El pasado viernes 26 de Junio se cumplió el 34 aniversario de la partida a la Patria Celestial de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la obra del Opus Dei. Una de sus máximas es: “La Santa Misa para un cristiano de veras debe ser el centro y la raíz de la vida interior”. Que sirva este humilde comentario para conmemorarlo.