Nuestros sacerdotes

Para mucha gente la idea de Iglesia está reducida solamente a la misa dominical que el cura celebra en la parroquia del barrio. Quizás alguna que otra vez haya alguna noticia sobre el Papa en los medios que haga tener un poco más de “presencia” de la Iglesia en la opinión pública, aunque sea percibida como lejana, distante, muy ajena a nuestra realidad local cotidiana.

Sin embargo, es curioso observar el entusiasmo mucho más encendido cuando en las charlas de café o incluso sobremesas familiares, la gente comenta las noticias de “escándalos” que puede protagonizar algún sacerdote (cercano o no, reconocido o no, solo importa su vínculo con la Iglesia), y que los medios procuran presentar con exquisitas producciones para causar mayor impacto y audiencia. El escándalo bien presentado nos atrae, nos invita a involucrarnos y a tomar partido por alguno de los protagonistas. Y según el ángulo propuesto por los medios nos convertimos en jueces que condenamos o absolvemos sin que haya duda que nuble nuestro veredicto.

Ocasión especial para los detractores de la Iglesia, me ha tocado escuchar expresiones como “¿Se supone que tengo que ir a la misa celebrada por esta clase de curas?”, o la clásica “¿Estos sacerdotes se atreven a escuchar confesiones y perdonar pecados?”. Todas estas actitudes estimuladas por la sensación de la vergüenza en muchas personas devotas, que no siempre tienen buenas respuestas a los ataques de estos oportunistas.

Creo que, ante todo, es importante ser humildes y reconocer en todos nosotros las limitaciones y miseras propias de la condición humana. Las mismas que tiene un sacerdote, una enfermera, un ingeniero y una monja, que también son seres humanos. No sorprende que cause mayor conmoción el escándalo de un sacerdote al de un político, después de todo un seguidor de Cristo debería ser ejemplo de vida, conducta y moral. Sin embargo olvidamos que aquel pescador llamado Simón llegó a negar hasta tres veces al mismo Jesús, incluso su debilidad hizo que no pudiera caminar sobre las aguas como su Maestro. No obstante Pedro fue elegido por el Galileo como la piedra angular de esta misma Iglesia, que tanto atacan, difaman y critican, que en su historia bimilenaria cometió muchos errores y supo pedir humildemente perdón a través de sus pontífices. ¿Con qué autoridad queremos que nuestros sacerdotes jamás nieguen el nombre de Jesús? ¿Cómo nos atrevemos a exigir que nuestros sacerdotes caminen sobre las aguas?

El dos mil años, el árbol de la Iglesia ha dado (y continúa dándonos) muchísimos frutos. No nos fijemos solamente en los frutos malos, caídos y débiles. Hay muchísimos frutos sublimes, dignos de imitación y reconocimiento permanente entre los Santos y Beatos, muchos de ellos sacerdotes… aunque sin tanta prensa en la actualidad. Aprendamos sobre sus vidas y la huella que dejaron.

Demos gracias a Dios por nuestros sacerdotes, aquellos que se cruzaron en nuestra vida: por aquel que nos bautizó, aquel que nos confesó por primera vez, aquel que nos dio la primera comunión, aquel que nos confirmó, aquel que participó en nuestro casamiento, aquel párroco que nos llegó de manera especial y nos dijo aquella homilía que parecía dirigida solamente a nosotros, o aquel que nos dio en alguna confesión ese consejo que todavía hoy recordamos.

“Adoptemos” algún sacerdote en nuestras oraciones, y en este año sacerdotal propuesto por el Papa recemos para aumentar las vocaciones sacerdotales en la Iglesia.