Para llegar al Cielo hay que “subir al colectivo” en comunidad

Colectivo

En una jornada para matrimonios que hicimos con mi esposa hace tiempo, un disertante me dejó una imagen fuerte sobre el sentido de comunidad al que debemos aspirar los cristianos. Muy gráficamente explicó que, si queremos llegar al Cielo, tendremos que bajarnos del cómodo taxi y subir al poco confortable colectivo. Este es el vehículo seguro a los gozos eternos.

La disertación no trataba precisamente sobre la gloria de la vida eterna, pero esta analogía –que mencionó casi al pasar– fue la que me quedó tatuada en la memoria de aquel encuentro. Habrá sido tal vez por mi necesidad de salir de mi propia persona y abrirme a los demás. O quizás la manera en que Dios recordaba mi deber de ocuparme por quienes tengo junto a mí para acercarlos a Él. No voy a llegar a Su Presencia yo solo, sino que tendré que salir de mi egoísmo y presentarme en comunidad.

Viajando en colectivo

La metáfora del colectivo me impactó. Incluso tiempo después de aquel encuentro seguí meditando sobre el tema, descubriendo detalles ocultos a primera vista. Entendí que dentro del vehículo deberemos entregarnos a la ruta providencial que se le encomendó –no la que a mí me gustaría–. Que el tiempo del viaje será el que tenga que ser –no el que yo quisiera–. Y que siempre se detendrá para que suba cualquier persona que lo invoque.

Gente de todo tipo podrán pedir que el colectivo se detenga para subir. Jóvenes y viejos, sanos y enfermos. Incluso más de una vez tengamos que ayudar a alguien para que suba por que no puede por sus propios medios. Tal vez tengamos que ofrecer nuestro asiento a alguien que le haga más falta que a nosotros. Habrá que salir de nuestra zona de confort para atender mejor a quien lo necesite.

El camino tendrá seguro sus irregularidades. Transitaremos por momentos autopistas suaves y seguras, mientras disfrutamos paisajes de ensueño por nuestra ventana. Y probablemente también haya tramos de senderos accidentados, con oscuridad, y hasta con violentos vaivenes que nos pueden, incluso, provocar algún dolor. Viviremos momentos de gracias y de cruces a lo largo del camino, dispersos de manera desconocida, pero afrontados con espíritu de confiada entrega a la providencia.

Llamado universal a vivir en comunidad

En el documento de Aparecida los obispos latinoamericanos se pronunciaron sobre el valor de la vida comunitaria:

«Dios no quiso salvarnos aisladamente, sino formando un Pueblo»
–Aparecida, 164.

Más adelante lo reafirmaron diciendo:

«Hemos de reforzar en nuestra Iglesia […] la vivencia comunitaria. Nuestros fieles buscan comunidades cristianas, en donde sean acogidos fraternalmente y se sientan valorados, visibles y eclesialmente incluidos. Es necesario que nuestros fieles se sientan realmente miembros de una comunidad eclesial y corresponsables en su desarrollo. Eso permitirá un mayor compromiso y entrega en y por la Iglesia.»
–Aparecida, 226.

Luego de este documento, en un tuit del Papa Francisco, el santo padre nos recuerda:

«Nadie se salva solo. La dimensión comunitaria es esencial en la vida cristiana.»
–Papa Francisco.

Lo que es perfectamente coherente con la idea de que “al Cielo se llega en colectivo, nunca en taxi”. La Iglesia nos anima a salir de nuestro individualismo y entregarnos a los demás como requisito para vivir eternamente ante el rostro de Dios.

En la liturgia de cada misa tenemos un recordatorio de nuestra vida en comunidad. El saludo de la paz se brinda a toda persona cercana, mirándole a los ojos y regalándole una sonrisa franca de cariño. Es la manera de tener presente que no estamos solos, sino todos en la misma barca. Y que por la comunión de los santos estamos todos comprometidos, unos con otros, en buscar nuestra salvación.

«En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.»
–Juan 13, 35

Empezar por nuestro entorno

El desafío es fortalecer con ánimo renovado nuestra vida cristiana en comunidad. Para esto podríamos, quizás, reafirmar los vínculos con quienes Dios puso a nuestro lado: mi cónyuge, mis hijos, mis parientes. Aprovechar las ocasiones –¡o generarlas!– para hacer apostolado con la familia, los amigos y el trabajo. Poniendo los medios humanos, e invocando los sobrenaturales, podemos de a poco fortalecer el entramado comunitario de nuestro entorno inmediato. Creo que es un noble propósito para encomendar a nuestra Madre.

“Milagro” de Francisco

Papa Francisco

Gracias a Internet tengo oportunidad de conocer personas de distintos países, y algunas —especialmente las latinoamericanas— al enterarse de mi nacionalidad, bromean sobre la fama que cargamos los argentinos: presumidos, arrogantes, charlatanes, agrandados, … , en síntesis: soberbios. Aquí uno clásico “chiste de argentinos”:

– ¿Cuál es el mejor negocio que puedes hacer con un argentino?
– Comprarlo por lo que vale y venderlo por lo que él cree que vale.

Seguramente algún mérito habremos hecho para esto.

Ahora bien, con esta “fama” por un lado, y por otro el Papa del fin del mundo conquistando al planeta con su carisma y sus gestos, atrevidamente concluyo que, gracias a Francisco, asistimos a un verdadero “milagro”: el mundo quiere a un argentino.

Asumiendo este hecho pintoresco —aunque no por esto menos cierto—, se me ocurrió un desafío interesante: ampliar ese “primer milagro” del papa. Que el mundo no solo quiera a un argentino, ni a un país, ni a un continente. Que el mundo quiera al mundo.

La idea podrá sonar utópica o romántica si se quiere, sin embargo no es nada original. Ya San Juan en su evangelio recogía esta exhortación que el Maestro nos hizo a todos los cristianos hace más de dos mil años:

“Les doy un mandamiento nuevo:ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes.
En esto todos reconoceránque son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros.”

(Jn 13, 34-35)

Se trata entonces de extender las fronteras del redil de la Iglesia, hasta contener, nada más y nada menos, al mundo entero. Y dentro de este gran rebaño universal —léase católico— cumplir con este mandato divino que, a pesar de sus dos milenos de antigüedad, sigue siendo nuevo. Esto es la nueva evangelización: el evangelio —la buena noticia— es vieja, pero la manera de comunicarlo se renueva.

“Yo hago nueva todas las cosas.”

(Ap 21, 5)

Al orgullo —y al privilegio— de tener un papa coterráneo, debe anteponerse el compromiso de bautizado. Y si bien monseñor Jorge Bergoglio es argentino, el papa Francisco es del mundo entero, sin exclusividades ni localismos. Tendremos que poner el hombro todos para que el “nuevo milagro”, algún día, pueda cristalizarse. La nueva evangelización está en marcha, y hoy la encabeza Francisco. A trabajar y encomendar esta misión renovada de la Iglesia.

El Grafito de Alexamenos

Grafito de Alexamenos

Verdad, calumnias e insultos

“Αλεξαμενος σεβετε θεον”
(Alexamenos adora a [su] dios)

En 1857 es desenterrado en el Monte Palatino, el edificio denominado “Domus Gelotiana” y junto a él se descubrió, el que iba a ser conocido como el “grafito de Alexamenos”. Este grafito encontrado en un muro en el monte Palatino, una de las 7 famosas colinas de Roma, es la primera representación  pictórica conocida de la crucifixión de Jesús y la primera blasfemia cristiana conocida. La imagen representa a un hombre con cabeza de burro que estaría crucificado y a su izquierda hay un hombre que levanta una mano, bajo este gráfico hay una leyenda escrita en griego: “Αλεξαμενος σεβετε θεον”, Alexamenos adora a [su] dios.

Es sabido que el mundo intelectual y popular grecoromano acusaba a la incipiente Iglesia primitiva de “antropofagia” (comer carne humana) en sus reuniones; clara referencia a la “fracción del pan” como se llamaba en ese entonces a la Eucaristía; y otra de las pocas conocidas era de “onolatria” (adoración de un asno), tal es la confirmación de esta calumnia con este grafito donde con burla a Alexamenos se lo quiere ridiculizar en su fe.

Desde esta primitiva figura grabada en un grafito hasta los últimos aportes de la tecnología al servicio del cine, donde con burla e ignorancia en películas como por ejemplo “El sentido de la vida” de los Monty Phyton, “El Código Da Vinci” de Dan Brown, se hace un continuo acto de ridiculez de nuestras creencias y prácticas como creyentes, o marcando un oscuro camino de sospechas y de mentiras en el surgimiento de nuestra fe.

Es verdad que muchas de las causas por las cuales la Iglesia es perseguida y atacada se deben a las debilidades y escándalos de sus miembros, que nada tienen que ver con el seguimiento a Jesús, pero por otra parte, es verdad que en la mayoría de los casos la Iglesia es continuamente atacada y descalificada por sus creencias y por el estilo de vida, valido y creíble, que propone ante tantas ofertas que hoy el mundo ofrece.

“Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los Cielos”.
(Mt 5,10)

La opción por una vida consagrada, el valor de la fidelidad, el respeto por la vida en todos sus órdenes, la vivencia de una sana sexualidad, la superación de nuestros egoísmos para salir en busca del prójimo, el perdón, el amor a nuestros enemigos, la valentía de anunciar y proclamar nuestra fe, todo esto solamente se vive y se entiende en lo que Juan Pablo II llamo la “lógica del amor” ante la “lógica del mal”, disfrazada de un progreso de las libertades individuales, que el mundo continuamente propone.

¡Ojo! que aquí no quiero hacer una apología maniqueísta, Iglesia vs. mundo, una guerra entre el bien y el mal, porque tanto la Iglesia como el mundo necesitan de una continua conversión. El cristiano está llamado a ser sal y luz de este mundo del cual es parte, y darle lo mejor que tiene que es Jesús Muerto y Resucitado. Pero no hay que ser ingenuos a la hora de peregrinar por esta tierra y en estas horas de la historia, que los medios de comunicación social son el grafito donde se inscriben las mayores mentiras, calumnias e injurias hacia nuestra fe, tergiversando la verdad de nuestras creencias, dejando un manto de sospecha, confundiendo y produciendo rechazo de los no cristianos y en especial de los más débiles y menos instruidos en nuestra fe.

El grafito de Alexamenos detalla en su dibujo, a un hombre con cabeza de burro crucificado, alterando la verdadera figura, transformándola en “más” grotesca e inaceptable para el mundo grecoromano. Los grafitos de hoy no solo son imágenes sino también voces y sonidos, donde en un festín de secuencias y momentos se rebaja y ridiculiza, se descalifica y vulgariza lo que muchos amamos y elegimos. Se altera y se desfigura nuestras creencias, parcializando nuestro mensaje, a modo de hacernos “intolerantes”, “retrógrados”, “medievales” y “cuadrados”, tal las expresiones que hoy en día circulan, hijas de estas grandes vidrieras mediáticas donde todo está bien y todo es aceptable.

Somos para esta corriente, hombres con cabeza de burro que adoramos a Otro con cabeza de burro, y que en el fondo les diría sinceramente “y a mucha honra”, sus burlas, sus continuos ataques no hacen más que fortalecer y enraizar más nuestra fe. Nos hace abrazar más nuestro compromiso con Dios y con el hombre, y ser más diligente con el hermano más necesitado y alejado.

San Pablo nos decía: “nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos”. Pidamos como Iglesia esa fuerza y esa sabiduría que solo viene de Dios, para no renunciar a este mensaje en medio de tantas adversidades, y escribamos y dibujemos en el grafito de todos los hombres, que es su corazón, el verdadero rostro de Dios que es amor y que nos ama. Que los obstáculos del mundo nos ayuden a todos los cristianos a ser más fieles, auténticos y humanos para la felicidad del hombre y la gloria de Dios.

¿De qué tiene necesidad la Iglesia?

Compartimos el rico mensaje del querido Papa Pablo VI:

La Iglesia tiene necesidad de su perenne Pentecostés. Necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser templo del Espíritu Santo, necesita pureza total, vida interior. La Iglesia tiene necesidad de volver a sentir subir desde lo profundo de su intimidad personal, como si fuera un llanto, una poesía, una oración, un himno, la voz orante del Espíritu Santo, que nos sustituye y ora en nosotros y por nosotros “con gemidos inefables” y que interpreta el discurso que nosotros solos no sabemos dirigir a Dios. La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de su verdad, y escuchar con silencio inviolable y dócil disponibilidad la voz, el coloquio elocuente en la absorción contemplativa del Espíritu, el cual nos enseña “toda verdad”.

A continuación, necesita también la Iglesia sentir que vuelve a fluir, por todas sus facultades humanas, la onda del amor que se llama caridad y que es difundida en nuestros propios corazones “por el espíritu Santo que nos ha sido dado”. La Iglesia, toda ella penetrada de fe, necesita experimentar la urgencia, el ardor, el celo de esta caridad; tiene necesidad de testimonio, de apostolado. ¿Lo han escuchado, hombres vivos, jóvenes, almas consagradas, hermanos en el sacerdocio?. De eso tiene necesidad la Iglesia. Tienen necesidad del Espíritu Santo en nosotros, en cada uno de nosotros y en todos nosotros a la vez, en nosotros como Iglesia. Si, es del Espíritu Santo de lo que, sobre todo hoy, tiene necesidad la Iglesia. Decidle, por tanto, siempre: “¡VEN!”

(Pablo VI, discurso del 29 de noviembre de 1972)

Oración

Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es una letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad un poder,
la misión una propaganda,
el culto un arcaísmo
y la actuación moral
una conducta de esclavos.

En Cambio, en Él:
el cosmos se encuentra ennoblecido
y movilizado para la generación del reino,
Cristo resucitado se hace presente,
el Evangelio se vuelve potencia y vida,
la Iglesia realiza la comunión trinitaria,
la autoridad se transforma
en un servicio liberador,
la acción humana es deificada.

Patriarca Atenágoras I [1886 – 1972]

Madre sin mancha

A mediados del siglo 19, más precisamente en el año 1854, el papa Pío IX proclamaba en su Bula “Ineffabilis Deus” el dogma de fe por el que la Iglesia explicita una verdad ya contenida dentro de la Tradición Apostólica y la Sagrada Escritura, o sea dentro del Depósito de la Fe (“Depositum fidei”).

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)

Desde entonces, y cada 8 de diciembre, celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

¿Pero es que los católicos creemos gratuitamente en los dogmas que declara la Iglesia? La respuesta es: Sí. Y este acto de fe que supone el aceptar las verdades dogmáticas de la Iglesia está amparado por el hecho de que se apoyan en la autoridad de Dios. No son “cosas que empiezan a ser verdad a partir de su declaración”, tampoco imposiciones caprichosas, ni mucho menos “inventos” injustificados. Un dogma de la Iglesia Católica es ante todo una verdad ya contenida, establecida y definida dentro del Depósito de la Fe.

“Los dogmas no son verdades que la Iglesia impone arbitrariamente. Son iluminaciones de la verdad objetiva. No son muros para nuestra inteligencia. Son ventanas a la luz de la verdad.”

Padre Jorge Loring

Por la iluminación del Espíritu Santo, la Santa Iglesia dispuso como verdad que los padres de María, San Joaquín y Santa Ana, concibieron sin mancha (del latín “in macula”) aquella hija que sería la madre de Jesús. María es la Inmaculada Concepción, y así lo afirmamos, creemos y sostenemos.

En Lourdes, Francia, en el año 1858, solo cuatro años después de la verdad clarificada por la Iglesia, el dogma de la Inmaculada Concepción se confirmaba. Aquella pastora de 14 años llamada Bernardita (o Bernadette) oía el saludo celestial de aquella visión que tuvo de la Virgen que le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esas palabras tan extrañas y difíciles para una niña casi analfabeta se las comunicó a su párroco, quien entendió que solo una gracia divina podría habérselas revelado. María eligió a Bernardita en Lourdes para confirmar el dogma de su Inmaculada Concepción.

En nuestra misa de hoy pongamos mayor énfasis en la devoción a la Santa Madre. Quizás esta jaculatoria  sea inspiradora ante su imagen:

“Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”

(Lc 1, 28)