Ser otros Paráclitos

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes”.
(Jn 14, 15 – 20)

Con la Solemnidad de Pentecostés, llega a su fin o podríamos decir también, llega a su plenitud, el Tiempo Pascual. Hemos recorrido un camino de 50 días marcados de luces, iniciado en aquel momento litúrgico de la bendición del Fuego, en la Solemne Liturgia de la Vigilia Pascual. La Palabra del Señor iniciando un “via lucis”, nos ha llevado por los caminos de la primera comunidad, saliendo de la oscuridad, del miedo y la incertidumbre, para abrirse a la novedad de Jesús Resucitado, quien en su primera aparición a todos ellos les anuncia: “¡La paz este con ustedes!”.

La Palabra continua su relato diciéndonos: “Al decirles esto, soplo sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo…” (Jn 20, 22) y “todos quedaron llenos del Espíritu Santo…” (Hch. 2,4). En esta efusión del Espíritu se cumple la promesa de Jesús: “y yo rogare al Padre y él les dará otro Paráclito para que este siempre con ustedes…” (Jn 14, 16).

Las Sagradas Escrituras contiene un conjunto de expresiones referidas al Espíritu Santo como por ejemplo: santo espíritu (Sal 50, 13), espíritu de santidad (Rom 1,4), espíritu de Dios (Rom 8,14), espíritu santo de Dios (Ef. 4,30), espíritu de la Verdad (Jn 15, 26), espíritu recto (Sal 50,12), espíritu generoso (Sal 15,14), espíritu de Cristo (Rom 8,9), espíritu de Adopción (Rom 8,15), espíritu del Señor (Sab 1,7), espíritu de Libertad (2 Cor 3,17), dedo de Dios (Lc. 11,20) y Paráclito (Jn,14,16). Pero al continuar nuestra reflexión no podemos dejar de preguntarnos: ¿a qué se refieren los evangelistas con “Paráclito”?.

Paráclito es una palabra griega (“parakletos”) que por los estudios bíblicos ha sido traducida como “abogado”, “intercesor”, “maestro”, “ayudante” y también “consolador”. Al desentrañar esta palabra luego de este ejercicio bíblico, todas ellas nos develan el actuar de Jesús y del Espíritu en nosotros. Jesús es el “primer Paráclito”, que con su presencia encarnada, abogará, intercederá por nosotros ante el Padre, será el Maestro que nos develará los secretos del Reino, el que saldrá en auxilio de los marginados y postergados, y el que nos consolará en nuestras luchas, con su presencia y sus palabras. Pero su actuar no quedará en Él, sino que se perpetuara en el “otro paráclito” prometido y anunciado.

Como una evocación de Juan el Bautista cuando refiere a Jesús: “es necesario que Él crezca y que yo disminuya…” así el mismo dirá a sus discípulos: Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré” (Jn 16,7). El anunciado se vuelve anunciador, el profetizado profetiza, y con sus palabras nos revela no Algo sino a “Alguien”. Es el Consolador, el compañero inseparable de Jesús en la tierra desde el primer segundo, y que ahora se vuelve nuestro amigo compañero de camino. El culminara la obra al terminar de revelarnos, en las palabras y acciones de Jesús, quien es Dios: un Padre amoroso que nos ama, nos anima y nos consuela.

La Iglesia hoy, más que nunca, necesita ser partícipes de este ministerio de animar y consolar que nos ha regalado el Señor en el Espíritu. Necesita actualizar ese gesto samaritano con el hombre al costado del camino, que asaltado en su fe, en su vida, y su futuro, vive la angustia, el dolor, y la incertidumbre de la lucha cotidiana. Necesita refrescar ese rostro de cercanía, y abrir sus brazos para consolar, cuidar y animar y hacerles experimentar no un consuelo humano, sino el consuelo que viene de Dios. Como nos describe el Profeta Isaías, Dios es el gran consolador de su Pueblo: “¡Soy yo, soy yo el que los consuelo!” (Is 51,12), “Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén”. (Is 66,13).

Cuantas veces escuchamos: “Animo!!”, “ya vas a ver que todo irá bien”, “no le aflojes”, etc., consuelos estériles que repetimos continuamente y no vemos cambio alguno. En este Pentecostés el Espíritu nos llama a transmitir el verdadero consuelo que solo viene de las Palabras del Señor, que al igual que con los discípulos de Emaús, los re-anima y consuela recordando sus palabras. En un clima de oración, y sobre todo de fe en la presencia del Espíritu, es posible lograr estos verdaderos consuelos de Dios en nuestra vida, en el abatido, en el enfermo, y en todo hombre al costado del camino.

¡El Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclitos, consoladores de este mundo! Él quiere seguir abogando, intercediendo, auxiliando, enseñando y consolando, pero solo es posible esto cuando todos nosotros, los cristianos, nos abrimos a la acción de el en nuestra vida, y en nuestra Iglesia. ¡El Espíritu Santo necesita una Iglesia Paráclito! Abrir nuestras ventanas, nuestras puertas y nuestro corazón para que el “haga de nuevo todas las cosas”, que nos consuele, nos auxilie pero para salir a consolar y auxiliar con la misma fuerza de los primeros cristianos. San Pablo nos decía: “Anímense, entonces, y consuélense mutuamente, como ya lo están haciendo”.

En esta Solemnidad de Pentecostés, pidamos por intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, esta gracia, Ella nos recuerda los consuelos de nuestras madres, y nos revela el rostro materno de Dios. La piedad la reconoce y la recuerda con este título: “Consuelo de los Afligidos” y bajo la advocación de “Nuestra Señora de la Consolación”. María, no solo “es la llena de gracia” sino que es “Paráclito” para nosotros, y nos exhorta a ser lo mismo por nuestros hermanos. Que bajo su protección nos ayude a caminar por este camino de luz y de consuelo.

“Oh Divino Maestro,
que no busque yo tanto.
Ser consolado como consolar.
Ser comprendido como comprender.
Ser amado como amar”.

(San Francisco de Asís)

¿De qué tiene necesidad la Iglesia?

Compartimos el rico mensaje del querido Papa Pablo VI:

La Iglesia tiene necesidad de su perenne Pentecostés. Necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser templo del Espíritu Santo, necesita pureza total, vida interior. La Iglesia tiene necesidad de volver a sentir subir desde lo profundo de su intimidad personal, como si fuera un llanto, una poesía, una oración, un himno, la voz orante del Espíritu Santo, que nos sustituye y ora en nosotros y por nosotros “con gemidos inefables” y que interpreta el discurso que nosotros solos no sabemos dirigir a Dios. La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de su verdad, y escuchar con silencio inviolable y dócil disponibilidad la voz, el coloquio elocuente en la absorción contemplativa del Espíritu, el cual nos enseña “toda verdad”.

A continuación, necesita también la Iglesia sentir que vuelve a fluir, por todas sus facultades humanas, la onda del amor que se llama caridad y que es difundida en nuestros propios corazones “por el espíritu Santo que nos ha sido dado”. La Iglesia, toda ella penetrada de fe, necesita experimentar la urgencia, el ardor, el celo de esta caridad; tiene necesidad de testimonio, de apostolado. ¿Lo han escuchado, hombres vivos, jóvenes, almas consagradas, hermanos en el sacerdocio?. De eso tiene necesidad la Iglesia. Tienen necesidad del Espíritu Santo en nosotros, en cada uno de nosotros y en todos nosotros a la vez, en nosotros como Iglesia. Si, es del Espíritu Santo de lo que, sobre todo hoy, tiene necesidad la Iglesia. Decidle, por tanto, siempre: “¡VEN!”

(Pablo VI, discurso del 29 de noviembre de 1972)

Oración

Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es una letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad un poder,
la misión una propaganda,
el culto un arcaísmo
y la actuación moral
una conducta de esclavos.

En Cambio, en Él:
el cosmos se encuentra ennoblecido
y movilizado para la generación del reino,
Cristo resucitado se hace presente,
el Evangelio se vuelve potencia y vida,
la Iglesia realiza la comunión trinitaria,
la autoridad se transforma
en un servicio liberador,
la acción humana es deificada.

Patriarca Atenágoras I [1886 – 1972]

Por el impulso del Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos sorprende en una nueva Solemnidad de Pentecostés, y casi sin pensarlo transcurrió un año desde aquel primer saludo al mundo que lanzamos desde Paráclito. Casi providencialmente, unos días antes, el Papa nos animaba a esta vocación de anunciar la Buena Noticia en el mundo digital diciéndonos:

“¡Testimoniad la fe a través del mundo digital! ¡Emplead esas nuevas tecnologías para dar a conocer el Evangelio de modo que la Buena Nueva del amor infinito de Dios por todos resuene de maneras diferentes en nuestro mundo cada vez más tecnológico!”

(Benedicto XVI)

Con mucha humildad tratamos de responder a esa invitación desde este modesto blog, escrito por laicos que tratan de comunicar opiniones, propuestas de apostolado, y artículos de catequesis, valores y familia entre otros temas, siempre a través del cristal de la fe y la vida cristiana.

Y habiendo gestado esta idea desde una provincia del interior de Argentina, jamás imaginamos trascender las fronteras internacionales. Al momento de escribir este artículo, los diez países con más visitantes a nuestro sitio (ordenados por su audiencia) son:

  1. México,
  2. Argentina,
  3. Colombia,
  4. España,
  5. Chile,
  6. Perú,
  7. Venezuela,
  8. Guatemala,
  9. Estados Unidos, y
  10. República Dominicana.

No se puede dudar de que aquí obra el Espíritu Santo.

Mucho ánimo (y alguna sonrisa) nos da esta caricatura de un “bloguero católico”, que citando a San Josemaría, nos empuja a seguir “blogueando“:

http://drawntocatholicism.com/blog/?p=211

¿Y a futuro? Seguramente seguir formándonos para tratar humildemente de contribuir al anuncio y extensión del Reino. Y haciéndonos eco de la exhortación de Su Santidad, animar a todos los que visitan estas páginas desde los distintos rincones del planeta, a contribuir con su opinión, corrección, crítica, aporte o mensaje, para que entre todos sigamos ayudando a conquistar el mundo digital con el anuncio del Evangelio.

¡Ven Espíritu Santo!
llena los corazones de tus fieles,
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu y serán creados,
y renovarás la faz de la tierra.

Que el soplo del Paráclito siga inflando las velas, y nos lleve a extender la Palabra a nuevas almas. Feliz Solemnidad de Pentecostés.

El Paráclito: el gran desconocido

Cuando niños, lo primero que nos enseñan nuestros padres, es a hacer la “señal de la cruz”: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Santísima Trinidad.

Nos resulta fácil asociar a Dios padre, en la imagen y semejanza del nuestro padre terrenal; a Dios hijo a un bebé en manos de su madre. En cambio, no podemos asociar a Dios Espíritu Santo con nada “terrenal”, si se me permite la expresión. Nos quedamos perplejos.

Sin embargo, sabemos que tanto Dios Padre como Dios Hijo actúan, por intermedio, del Dios Espíritu Santo. El Dios Amor. El Paráclito.

Como vemos las palabras se manifiestan “pobres” para expresar toda una realidad divina, insondable, para nuestro limitado conocimiento humano, del cual sólo es una pequeña luz (imago dei) del Conocimiento con mayúsculas, divino. Es así, que nuestra inteligencia es lo que nos hace “imagen y semejanza de Dios”; porque Dios, Uno y Trino, es espíritu, carece de un cuerpo material.

¿Por qué “el gran desconocido”? Porque, como vimos, aún hoy en día, el Espíritu Santo sigue siendo difícil de percibir y de conocer para la mayoría de los mortales y también, vale reconocerlo, para la mayoría de los cristianos, católicos inclusive.

No obstante ello, no podemos rezar el “Padre nuestro…” sin que haya sido sugerido por el Espíritu Santo; no podemos decidir, en libertad, ir a confesarnos sin que, nuevamente, el Espíritu lo sugiera; en suma, no podemos decir “Señor” sin que haya habido, lo llamemos así, una “moción del espíritu”.

“El gran desconocido”, por tanto, demuestra lo que nos falta por conocer: sus dones, sus mociones, su procedencia, su fundamento teológico, etc.

Espero que estas líneas sean leídas y en aquéllos que las lean, el Espíritu Santo induzca a actualizar la inteligencia y a investigar, si realmente se quiere conocer la Verdad, quien es este Gran Desconocido que actúa hoy en el mundo.

“El gran desconocido” alude al título de una homilía de  San Josemaría, predicada el 25/05/1969, y publicada en el libro Es Cristo que pasa, de editorial MiNos.

Vocación de comunicarnos, vocación de encontrarnos

“Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena y separo la luz de las tinieblas…” (Gn 1, 3-4).

“Sabiduría y tiempo” que son las significaciones bíblicas de la luz al inicio de la creación, quiere expresarnos y comunicarnos el hermoso don que Dios nos ha regalado en su primer día. Es por eso que en este nuevo tiempo digital, donde hay nuevas formas de comunicación, queremos  en primer lugar responder a esta vocación humana de salir al encuentro de todos también en estos ámbitos virtuales. Y en segundo lugar responder a la vocación cristiana de ser “sal y luz” en el mundo, aportando desde la sabiduría cristiana, un criterio de reflexión hacia las realidades humanas, cotidianas y complejas en la que nos encontramos inmersos, para que todos juntos seamos sinceros buscadores de la verdad que nos plenifica y nos hace realmente libres.

Se dice en muchos ámbitos y aun se discute que estamos en una “época de cambios” o de un “cambio de época”, lo cierto que estamos en tiempos donde se necesita una sabiduría singular para mirar mas allá, diferente y lúcida ante los “desafíos” que se presentan. Me atrevo a decir desafíos y no problemas porque el desafío siempre implica una voluntad y un compromiso de cambio por parte de uno y de todos. No basta el granito de arena de uno sino el de todos. Hoy somos tres personas que hemos querido responder al llamado de nuestro santo Padre Benedicto XVI que en su reciente alocución sobre los medios de comunicación nos decía:

A ustedes, jóvenes, que casi espontáneamente se sienten en sintonía con estos nuevos medios de comunicación, les corresponde de manera particular la tarea de evangelizar este “continente digital”. Háganse cargo con entusiasmo del anuncio del Evangelio a sus contemporáneos. Ustedes conocen sus temores y sus esperanzas, sus entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que le pueden ofrecer es compartir con ellos la “buena noticia” de un Dios que se hizo hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad. El corazón humano anhela un mundo en el que reine el amor, donde los bienes sean compartidos, donde se edifique la unidad, donde la libertad encuentre su propio sentido en la verdad y donde la identidad de cada uno se logre en una comunión respetuosa. La fe puede dar respuesta a estas aspiraciones: ¡sean sus mensajeros! El Papa está junto a vosotros con su oración y con su bendición.

Pero esperamos ser muchos más los comprometidos en esta tarea de aportar nuestras vivencias, nuestra sabiduría, nuestro talento, nuestra crítica y nuestra vida en un mundo donde busca el sentido y el horizonte de sus vidas. Te invitamos a caminar juntos por este “espacio” y poder no solo compartir la luz sino a seguir buscándola donde se deje encontrar.

Esto me lleva a recordar a San Pablo en su famosa intervención en un Areópago lleno de celo por el Señor:

Incluso, algunos filósofos epicúreos y estoicos dialogaban con él. Algunos comentaban: «¿Qué estará diciendo este charlatán?», y otros: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras», porque Pablo anunciaba a Jesús y la resurrección. Entonces lo llevaron con ellos al Areópago y le dijeron: «¿Podríamos saber en qué consiste la nueva doctrina que tú enseñas? Las cosas que nos predicas nos parecen extrañas y quisiéramos saber qué significan». Porque todos los atenienses y los extranjeros que residían allí, no tenían otro pasatiempo que el de transmitir o escuchar la última novedad.

Lo nuestro no busca ser una oferta más ni una novedad como lo podría encontrar en un supermercado. Lo nuestro busca “comunicar” que implica mucho más que “conversar”. Comunicar es transmitir desde nosotros, desde nuestras vivencias, emociones, penas, tristezas, desconciertos, alegrías, dudas y miedos. Abrirnos a la hermosa creación de compartir y construir un pensamiento que nos ayude a transformar. Muy diferente a lo que buscaban estos sabios griegos, deseosos de gula intelectual. Dios nos ha compartido su sabiduría y su tiempo para vivir felices y trasformar lo que es necesario, ese es el gran don que hay que compartir y multiplicar.

En este día de la solemnidad de Pentecostés, le pidamos al Espíritu que nos conceda espíritu de profetas y con su simple brisa de vida y vigor a esos hermosos talentos guardados en nuestro corazón.

“Ven Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven Padre de los Pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz..” (Secuencia de Pentecostés).