Eucaristía para el espíritu

¿Alguna vez tuviste la visita de alguien muy importante a cenar? ¿Cómo crees que prepararías tu casa, tu vestimenta y tu mesa si tendrías que recibir una personalidad distinguida, como un embajador, o un obispo, un presidente, o al mismo papa? Si yo tendría esa responsabilidad seguramente le dedicaría una preparación importante, echando mano a los mejores atuendos que pueda tener para mi vestimenta, mi mesa y mi casa, cuidando los detalles, y con especial esmero la pulcritud y limpieza del ambiente.

¿Y si ese “alguien importante” fuera el mismo Dios? ¿Y si en reemplazo de tu casa, el lugar de encuentro fuese tu mismo cuerpo? ¿Cuál crees que tendría que ser tu preparación?

Según lo dicta la liturgia, hoy celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Corpus Christi.  Poco se puede agregar al hondo significado que tiene el sacramento de la Eucaristía para la Iglesia Católica, que en cada misa lo revive (literalmente) tal como aquella cena donde fue instituido por nuestro Señor junto a sus discípulos.

Como Iglesia y comunidad sabemos que la celebración de la Eucaristía forma parte medular de nuestra vida cristiana. Al momento de tomar la comunión gozamos de un honor supremo, y para recibir el banquete celestial del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, debemos corresponder en consecuencia con una preparación y estado interior a la altura de lo esperado. Y para estar en gracia y ser dignos comensales de Su mesa, el mismo Dios nos ofrece en bandeja el sacramento de la reconciliación.

Sin embargo pueden haber situaciones en las que un cristiano no encuentra ocasión para su reconciliación, o no pueda recibir sacramentalmente la comunión. Aquí es donde podemos acudir a la Comunión Espiritual, que constituye un consuelo real para quienes no pueden comulgar. Existen varias oraciones para la Comunión Espiritual, y con mucha humildad sugiero la siguiente, elegida por su brevedad y su énfasis en la “preparación”:

Señor Jesús, ya que hoy no puedo recibirte sacramentalmente, te ruego que vengas a mí de manera espiritual.

Prepara mi vida y mi corazón para que pronto pueda recibirte en tu cuerpo y tu sangre.

Amén.

tarjeta_comunion_espiritual

Te propongo un sencillo apostolado: si vamos a misa con familiares o amigos, y observamos que alguno no se acerca a recibir la comunión, podemos obsequiarle en ese momento, con discreción, esta tarjeta con la oración de la Comunión Espiritual. Con el tamaño de una tarjeta personal puede ser guardada en la billetera para tener a mano en toda ocasión: al visitar el sagrario, o al pasar delante de una iglesia, o para rezarla junto a un enfermo o un privado de la libertad.

Ojalá redescubramos el valor de la Eucaristía, y tratemos de mejorar nuestra preparación en cada nueva comunión en la que se nos brinde nuestro Señor.

Perdón “como nosotros perdonamos”

En la letra del tema “19 días y 500 noches“, del español Joaquín Sabina, se oye en algún momento: “No pido perdón, para qué si me va a perdonar por que ya no le importa…”. Y, más allá de la historieta de la canción,  se puede comprender la decepción del personaje que la canta.

Es necesario entender, aunque pueda ser difícil a primera vista, que el perdón no es una cuestión de sentimientos, sino de voluntad. Para que exista el perdón el ofendido tiene que querer perdonar a su ofensor. Quien no perdona por que no lo siente, no entiende el concepto del perdón, y quizás todavía no descubrió su poder liberador y pacificador.

Perdonar, renunciar al desquite, a la venganza, no guardar rencor, no aprovecharse de la propia superioridad, del poder que uno tiene sobre su deudor… son actitudes que cuestan mucho al hombre [1]. Perdonar es un acto voluntario y definitivamente requiere de mucho esfuerzo.

Aún con lágrimas de bronca, rabia o dolor profundo: perdonar es el primer paso hacia la cicatrización de la ofensa, y la reconstrucción del amor y los afectos. Tal vez no sea inmediato, pero elegir renunciar al odio o rencor que envenena, y dar vuelta la página para regenerar tejidos que vuelvan a unir al ofendido y su ofensor, libera al espíritu de las amarras de la venganza y lo pacifica.

Lo sabemos, las veces que debemos perdonar son “setenta veces siete” (Mt 18, 22), que significa perdonar sin medida, sin embargo ¡cuánto esfuerzo se necesita para perdonar sin medida! San Josemaría nos invita a esforzarnos:

Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a tí.

San Josemaría (Camino, 452)

Será cuestión de adiestrar la voluntad y entrenarnos en el perdón, oración mediante, para que en cada Padre Nuestro que rezemos, podamos pedir a Dios con más devoción Su Perdón, tal como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

[1] Eleonore Beck, “Yo Creo – Pequeño Catecismo Católico”, Editorial Verbo Divino.

El Paráclito: el gran desconocido

Cuando niños, lo primero que nos enseñan nuestros padres, es a hacer la “señal de la cruz”: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Santísima Trinidad.

Nos resulta fácil asociar a Dios padre, en la imagen y semejanza del nuestro padre terrenal; a Dios hijo a un bebé en manos de su madre. En cambio, no podemos asociar a Dios Espíritu Santo con nada “terrenal”, si se me permite la expresión. Nos quedamos perplejos.

Sin embargo, sabemos que tanto Dios Padre como Dios Hijo actúan, por intermedio, del Dios Espíritu Santo. El Dios Amor. El Paráclito.

Como vemos las palabras se manifiestan “pobres” para expresar toda una realidad divina, insondable, para nuestro limitado conocimiento humano, del cual sólo es una pequeña luz (imago dei) del Conocimiento con mayúsculas, divino. Es así, que nuestra inteligencia es lo que nos hace “imagen y semejanza de Dios”; porque Dios, Uno y Trino, es espíritu, carece de un cuerpo material.

¿Por qué “el gran desconocido”? Porque, como vimos, aún hoy en día, el Espíritu Santo sigue siendo difícil de percibir y de conocer para la mayoría de los mortales y también, vale reconocerlo, para la mayoría de los cristianos, católicos inclusive.

No obstante ello, no podemos rezar el “Padre nuestro…” sin que haya sido sugerido por el Espíritu Santo; no podemos decidir, en libertad, ir a confesarnos sin que, nuevamente, el Espíritu lo sugiera; en suma, no podemos decir “Señor” sin que haya habido, lo llamemos así, una “moción del espíritu”.

“El gran desconocido”, por tanto, demuestra lo que nos falta por conocer: sus dones, sus mociones, su procedencia, su fundamento teológico, etc.

Espero que estas líneas sean leídas y en aquéllos que las lean, el Espíritu Santo induzca a actualizar la inteligencia y a investigar, si realmente se quiere conocer la Verdad, quien es este Gran Desconocido que actúa hoy en el mundo.

“El gran desconocido” alude al título de una homilía de  San Josemaría, predicada el 25/05/1969, y publicada en el libro Es Cristo que pasa, de editorial MiNos.

Vocación de comunicarnos, vocación de encontrarnos

“Entonces Dios dijo: «Que exista la luz». Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena y separo la luz de las tinieblas…” (Gn 1, 3-4).

“Sabiduría y tiempo” que son las significaciones bíblicas de la luz al inicio de la creación, quiere expresarnos y comunicarnos el hermoso don que Dios nos ha regalado en su primer día. Es por eso que en este nuevo tiempo digital, donde hay nuevas formas de comunicación, queremos  en primer lugar responder a esta vocación humana de salir al encuentro de todos también en estos ámbitos virtuales. Y en segundo lugar responder a la vocación cristiana de ser “sal y luz” en el mundo, aportando desde la sabiduría cristiana, un criterio de reflexión hacia las realidades humanas, cotidianas y complejas en la que nos encontramos inmersos, para que todos juntos seamos sinceros buscadores de la verdad que nos plenifica y nos hace realmente libres.

Se dice en muchos ámbitos y aun se discute que estamos en una “época de cambios” o de un “cambio de época”, lo cierto que estamos en tiempos donde se necesita una sabiduría singular para mirar mas allá, diferente y lúcida ante los “desafíos” que se presentan. Me atrevo a decir desafíos y no problemas porque el desafío siempre implica una voluntad y un compromiso de cambio por parte de uno y de todos. No basta el granito de arena de uno sino el de todos. Hoy somos tres personas que hemos querido responder al llamado de nuestro santo Padre Benedicto XVI que en su reciente alocución sobre los medios de comunicación nos decía:

A ustedes, jóvenes, que casi espontáneamente se sienten en sintonía con estos nuevos medios de comunicación, les corresponde de manera particular la tarea de evangelizar este “continente digital”. Háganse cargo con entusiasmo del anuncio del Evangelio a sus contemporáneos. Ustedes conocen sus temores y sus esperanzas, sus entusiasmos y sus desilusiones. El don más valioso que le pueden ofrecer es compartir con ellos la “buena noticia” de un Dios que se hizo hombre, padeció, murió y resucitó para salvar a la humanidad. El corazón humano anhela un mundo en el que reine el amor, donde los bienes sean compartidos, donde se edifique la unidad, donde la libertad encuentre su propio sentido en la verdad y donde la identidad de cada uno se logre en una comunión respetuosa. La fe puede dar respuesta a estas aspiraciones: ¡sean sus mensajeros! El Papa está junto a vosotros con su oración y con su bendición.

Pero esperamos ser muchos más los comprometidos en esta tarea de aportar nuestras vivencias, nuestra sabiduría, nuestro talento, nuestra crítica y nuestra vida en un mundo donde busca el sentido y el horizonte de sus vidas. Te invitamos a caminar juntos por este “espacio” y poder no solo compartir la luz sino a seguir buscándola donde se deje encontrar.

Esto me lleva a recordar a San Pablo en su famosa intervención en un Areópago lleno de celo por el Señor:

Incluso, algunos filósofos epicúreos y estoicos dialogaban con él. Algunos comentaban: «¿Qué estará diciendo este charlatán?», y otros: «Parece ser un predicador de divinidades extranjeras», porque Pablo anunciaba a Jesús y la resurrección. Entonces lo llevaron con ellos al Areópago y le dijeron: «¿Podríamos saber en qué consiste la nueva doctrina que tú enseñas? Las cosas que nos predicas nos parecen extrañas y quisiéramos saber qué significan». Porque todos los atenienses y los extranjeros que residían allí, no tenían otro pasatiempo que el de transmitir o escuchar la última novedad.

Lo nuestro no busca ser una oferta más ni una novedad como lo podría encontrar en un supermercado. Lo nuestro busca “comunicar” que implica mucho más que “conversar”. Comunicar es transmitir desde nosotros, desde nuestras vivencias, emociones, penas, tristezas, desconciertos, alegrías, dudas y miedos. Abrirnos a la hermosa creación de compartir y construir un pensamiento que nos ayude a transformar. Muy diferente a lo que buscaban estos sabios griegos, deseosos de gula intelectual. Dios nos ha compartido su sabiduría y su tiempo para vivir felices y trasformar lo que es necesario, ese es el gran don que hay que compartir y multiplicar.

En este día de la solemnidad de Pentecostés, le pidamos al Espíritu que nos conceda espíritu de profetas y con su simple brisa de vida y vigor a esos hermosos talentos guardados en nuestro corazón.

“Ven Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven Padre de los Pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz..” (Secuencia de Pentecostés).

Hola mundo

Todavía en este tiempo, inicios del Siglo 21. Todavía en estas latitudes, una ciudad del interior de una Argentina que se mueve al compás de una América Latina que se seculariza de a poco. Todavía en personas comunes, hombres en la franja de los treinta, casados,  padres de familia, de profesiones normales. Todavía en este escenario corriente, de condiciones ordinarias, pudo surgir este llamado, esta vocación a comunicar experiencias, visiones, y quizás atrevidas opiniones personales de individuos que se animan a este humilde apostolado: un blog católico con visión laica.

¿A quién puede interesar este mensaje? Bueno, a toda persona que sienta que la vida no pasa sólo por el trabajo o la diversión. A quien tenga la sensibilidad para plantearse preguntas básicas, como “¿quién soy?” o “¿de dónde vengo?”, y seguramente “¿hacia dónde voy?”. Aún para quien pueda discrepar en forma visceral, siempre y cuando tenga motivación por encontrar la razón última, sin provocaciones ni necedad. En síntesis, este modesto aporte podría llamar la atención a toda persona que sienta, como nosotros, la gran misión de la búsqueda de la Verdad.

Hoy, día de la Solemnidad de Pentecostés, elegimos inaugurar este arrebato, esta botella lanzada al mar, con la esperanza de que pueda ser hallada por quienes estén dispuestos a transitar el Camino. Esperamos que crezca y se enriquezca con los comentarios, aportes y cordiales discusiones que puedan surgir entre todos.

Esta idea que empezamos no es obra personal de nadie terrenal. Quienes nos animamos a escribir estos pensamientos sabemos que no somos más que un instrumento, un medio hacia un fin que nos trasciende. La Fuerza que nos moviliza a esta iniciativa es sobrenatural, y justamente a Ella nos encomendamos.

Con mucho ánimo nos ponemos entonces en manos del auténtico gestor de esta moción: el Espíritu Santo. Que sea Él, el Paráclito, quien guíe nuestro pensamiento y se siente frente a nuestra computadora.