El color de la sobrepelliz

Quisiera compartirles una reflexión de José Luis Martín Descalzo, de su libro “Razones para el amor”, al que no hace falta agregar otro comentario mas que el de poner a su consideración este artículo que seguramente será de provecho espiritual para todos ustedes.

Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas.
Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo.

No es éste, desde luego, el único caso de ceguera humana. El papa León X celebraba corridas de toros en Roma mientras Lutero iniciaba su Reforma.

En España, nuestros monarcas organizaban cacerías mientras se hundía el imperio americano. Miles de creyentes se obsesionan hoy sobre si la comunión debe recibirse en la boca o en la mano mientras crece en torno suyo el descreimiento.

Y es que, curiosamente, los hombres todos somos terriblemente cortos de vista, y el mundo puede arder a tres palmos de nuestras narices sin que nos enteremos. Porque, curiosamente, el sentido que menos desarrollado tenemos es el que olfatea los tiempos históricos que vivimos.

Por desgracia, a los hombres los pequeños acontecimientos que nos afectan personalmente nos obnubilan para todo lo demás. Cuentan los historiadores que el gran Julio César estaba más preocupado por su peluquín que por la suerte del Imperio, y que Pompeyo perdió su guerra con Cesar porque el día del Rubicón tenía diarrea. Cualquiera sabe que el día que nos duele una muela nos parece que el universo entero estuviera derrumbándose.

Yo he meditado muchas veces sobre un pequeño dato de los evangelios que siempre me desconcierta: aquel en el que se cuenta que, cuando Cristo murió, los soldados que le habían crucificado se sortearon su túnica. ¿Se la sortearon? ¿Con qué? Probablemente con unas tabas, que era el juego de la época. ¿Y qué hacían unas tabas al pie de la cruz?

Es muy simple: los soldados sabían que los reos tardaban en morir. Así que iban prevenidos: llevaban sus juegos para entretenerse mientras duraba su guardia y la agonía de los ajusticiados. Es decir, a la misma hora en que Cristo moría, en el momento en el que giraba la página más decisiva de la historia, había, al pie mismo de ese hecho tremendo, unos hombres jugando a las tabas.

Y lo último que Cristo vio antes de morir fue la estupidez humana: que un grupo de los que estaban siendo redimidos con su sangre se aburría allí, a medio metro. De todo lo que los evangelistas cuentan de aquella hora me parece este detalle lo más dramático y también -desgraciadamente- lo más humano de cuanto allí aconteció.

Los hombres estamos ciegos. Ciegos de egoísmo voluntario. Y uno no puede pensar sino con tristeza en el día del juicio de aquellos soldados, cuando se les preguntara lo que hicieron aquel viernes tremendo y tuviesen que confesar que no se enteraron de nada… porque estaban jugando a las tabas.

Pero ellos no eran más mediocres que nosotros: todos vivimos jugando a las canicas, encerrados en nuestro pequeño corazoncito, creyendo que no hay más problemas en el mundo que ese terrible dolor en nuestro dedo meñique. ¿El hambre de Etiopia? ¡Nos queda muy lejos! ¿El crecimiento del paro? ¡Menos mal que no nos afecta a nosotros! ¿Los viejos abandonados? ¡Que los cuiden sus hijos! ¿La crisis de la fe? ¡Que se preocupen los curas y los obispos! ¿La paz del mundo? ¡Que la busquen Reagan y Gorbachov.

Nos encanta quitarnos de encima las responsabilidades. Y lo que es peor: no las vemos, no queremos verlas. O nos refugiamos en piadosos o pequeños gestos inútiles. Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo.

Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías. Cuidar, cuando menos, la pequeña parcela que hay delante de nuestra alma. Todo antes que abrir la boca asombrados el día de nuestro juicio al descubrir que vivimos en la orilla de un volcán … y ni nos enteramos.

El buen combate

El 29 de junio se celebró la solemnidad de “San Pedro y San Pablo, apóstoles, quienes sufrieron el martirio en Roma. El primero, entre los años 54 y 67; el segundo, el año 67. Pedro murió crucificado, cabeza abajo, cerca del lugar que ocupa la basílica Vaticana, edificada sobre su sepulcro. Pablo murió decapitado, según la tradición, ad aquas salvias” [1].

Nos detendremos en el texto de segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo, apóstol de los gentiles, de la misa del día, en virtud que recientemente hemos concluido con el Año Paulino decretado por S.S. Benedicto XVI. Veamos su texto:

“Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mi, sino a todos los que tienen amor a su venida…”

A veces por el trajín de nuestro día perdemos de vista hacia donde vamos. En efecto, la rutina, el trabajo, las obligaciones, las comidas, el sueño, todo ello integra nuestro día, que por lo común, será ordinario. Sin embargo, no lo es.

Lo mismo en la vida espiritual, si queremos formarnos bien y aprovechar (el carpe diem de los romanos) bien nuestro día, que mejor forma de comenzarlo que oír Misa, luego hacer un rato de oración, quizás rezar una parte del Rosario, etc.

Pero además de estar cerca de Dios, es importante transformar todos y cada uno de los momentos en “estar con Dios”. En nuestro trabajo, haciéndolo bien (con perfección humana) y con rectitud de intención. En nuestra familia, “estando” cerca, participando de una comida, de un rato de diversión. Todo ello es, en definitiva, el combate diario y en el cual forjamos el camino a la Patria Celestial. La meta definitiva. Todo lo demás, es contingente. Todo lo demás, pasa. En cambio, si vivimos conforme al estilo de vida que nos manda Jesús y que nos dejó impreso con su ejemplo en la Tierra, arribaremos a la meta y tendremos el premio que nos describe San Pablo.

En suma, esta carrera, crecer en santidad, es como un deporte. Hay que prepararse bien, tendrá momentos fáciles y difíciles, con frío y con calor, con ganas o sin ganas, pero cuando lleguemos a la meta, diremos con San Pablo: “he mantenido la fe”.

[1] Nuevo misal del vaticano II, 8ª edición, Editorial Desclee de Boruwer, Bilbao, 2001, pag 2076 y sig.

La Santa Misa: centro y raíz de la vida interior

La Santa Misa es uno de los grandes misterios de nuestra Fe, en el cual memoramos el sacrificio del Calvario. El término “misterio”, en sentido teológico, es una verdad cuya existencia sólo podemos conocer por la Revelación. La razón humana no puede demostrarlo ni profundizar en toda su esencia, pero, con la ayuda de la Revelación, podemos, ilustrarlo y alcanzar el suficiente conocimiento para apreciar este gran don de Dios y aprovechar su riqueza espiritual.

Por de pronto, diremos que la Santa Misa es la renovación incruenta del Sacrificio del Calvario. Sacramentalmente, se hace de nuevo presente aquel Sacrificio superabundante: es el mismo Sacrificio, pues hay una misma Víctima y un mismo Sacerdote, Cristo. Para entender el milagro de la Santa Misa es preciso prescindir de nuestras categorías de tiempo y espacio, de un modo inefable nos trasladamos en el tiempo al Gólgota: ¡estamos presentes en el Sacrificio del Calvario!

Sólo nos detendremos en la afirmación anterior, y que además, no puede ser tomada a la ligera. Si el sacrificio de Cristo fue en un momento histórico determinado y tuvo un valor infinito, permitiendo abrir las puertas del Cielo que nos estaban vedadas desde el pecado original, y que sus efectos fueron para todos los hombres, anteriores a Cristo histórico y todos los que vayan a venir al mundo hasta el fin de los tiempo, ¿cómo puede renovarse?

Pablo VI decía:

“Nosotros creemos que la Misa celebrada por el sacerdote, representando la persona de Cristo, en virtud de la potestad recibida por el Sacramento del Orden, y ofrecida por el nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo Místico, es realmente el Sacrificio del Calvario, que se hace sacramentalmente presente en nuestros altares”

(Pablo VI, Profesión de fe, 30/VI/1968).

Es decir, el sacerdote actuando en nombre y persona del propio Cristo (in nomine et in persona cristiae) presta su cuerpo y voz a Cristo, para que diciendo las palabras de la liturgia, las especies del pan y del vino se transformen (formalmente transubstanciación) en el Cuerpo y Sangre del Divino Redentor. Es decir, que en cada Misa que se celebra en el mundo y en la que participemos, en el momento de la consagración las mentadas líneas de tiempo y espacio se diluyen y nosotros estamos en el monte Gólgota en el preciso momento de la Crucifixión. Motivo más que importante para no estar “desconectados” de lo que en ese momento está pasado. Parafraseando a San Josemaría, diremos que estamos en presencia de un verdadero milagro.

La Santa Misa es verdadero sacrificio. En todo sacrificio se dan dos elementos: oblación (ofrecimiento) e inmolación (destrucción). En la Santa Misa se da también, sobre la misma Víctima, la renovación de la inmolación, que se realiza místicamente (misteriosamente) al consagrar por separado el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Los fines de la Santa Misa son, lógicamente, los mismos que los del Sacrificio de la Cruz: latréutico, o de adoración; eucarístico, o de acción de gracias; propiciatorio, o de reparación; impetratorio, o de petición.

Como conclusión de estas palabras, podemos afirmar lo siguiente. Participar en la Santa Misa implica seguir con atención las rúbricas; pero necesitamos llegar mas lejos: contemplar «el Sacrificio de Cristo, ofrecido al Padre con la cooperación del Espíritu Santo (…). La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano» (San Josemaría, “Es Cristo que pasa”, nro. 86-87).  «Quizá, a veces, nos hemos preguntado cómo podemos corresponder a tanto amor de Dios; quizá hemos deseado ver expuesto claramente un programa de vida cristiana. La solución es fácil, y está al alcance de todos los fíeles: participar amorosamente en la Santa Misa, aprender en la Misa a tratar a Dios, porque en este Sacrificio se encierra todo lo que el Señor quiere de nosotros».

Y, ¿cómo transformar la misa en centro y raíz? Muy sencillo. La misa es centro de la vida del cristiano porque a través de ella debemos ordenar nuestro día. Antes de la Misa, poniendo sobre la patena, intenciones, proyectos, sueños, nuestro apostolado, etc. Durante la Misa, pidiendo perdón, reparando por nuestras faltas, dando gracias. Luego de comulgar, adorando a Cristo presente en nuestro propio cuerpo y alma. Por último, una vez finalizada la Misa, poniendo por obra todo lo anterior, trabajando bien, con excelencia y con amor de Dios, ofreciendo y ya pensando en nuestra próxima Misa.

Y es la raíz porque de la Misa, y en particular de la comunión, sacamos toda la fuerza espiritual para trabajar, para estar con nuestra familia, para hacer tareas apostólicas, en definitiva para crecer en santidad, en vida interior. Un buen propósito sería en participar entre semanas del Santo Sacrificio del Altar, además del domingo. Un excelente propósito: Asistir diariamente a Misa, porque Jesús nos espera en la eucaristía.

En suma,  es una cuestión de amor: no es cuestión de tiempo o de facilidad, sino de amor. «La Misa es larga, dices, y añado yo: porque tu amor es corto» (San Josemaría, “Camino”, nro. 529).

El pasado viernes 26 de Junio se cumplió el 34 aniversario de la partida a la Patria Celestial de San Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador de la obra del Opus Dei. Una de sus máximas es: “La Santa Misa para un cristiano de veras debe ser el centro y la raíz de la vida interior”. Que sirva este humilde comentario para conmemorarlo.

Disfrutar del trabajo

Hace algún tiempo, en los primeros años de universidad, me había formado la opinión personal casi inconsciente, de que para estar conforme con el trabajo debían darse al menos una de las siguientes dos condiciones:

  1. o quedo conforme con el pago,
  2. o quedo conforme con lo que hago.

De esta manera se podría decir “No hago lo que más me gusta, pero al menos el sueldo es bueno”, o bien “No se me paga como corresponde, pero al menos hago lo que me gusta” para animarse y seguir en determinada ocupación.

Con este planteo, no hay dudas que  será dichosa aquella persona que atesore las dos condiciones simultáneamente en su labor diaria… y en contraste, en el otro extremo, seguramente haya una gran frustración para quien no pueda contar con ninguna. De todas maneras, estar conforme transmite la idea de estar solo satisfecho, o incluso soportar, aguantar, tolerar, lo que nunca podría considerarse un estado ideal en el trabajo, como lo seria el disfrutarlo.

Sin embargo, aquel análisis hoy prácticamente lo he desestimado. Hoy sé que el concepto de trabajo es mucho más que una tarea que se realiza a cambio de un beneficio económico. Aún con una paga considerada injusta, y aún con una actividad que le disguste, creo que un espíritu dispuesto puede llegar a disfrutar del trabajo honrado que realice.

La clave: descubrir el sentido sobrenatural en la labor cotidiana, como lo enuncia San Josemaría. Entender que, nos guste o no, bien pago o no,  un trabajo honesto es oración si lo hacemos con esfuerzo y ofreciéndolo a Dios. Bajo esta nueva luz, nuestra labor rutinaria ya es oración, pero también cualquier actividad con este sentido. Cuidar un enfermo o un anciano es oración, una hora de estudio es oración, incluso preparar una comida o una labor doméstica se transforma en oración.

Ahora trabajar tiene otro color.  Desde esta nueva perspectiva alguien que hacía su trabajo de mala gana, tal vez comience a hacerlo con una sonrisa, luego lo disfrute realmente, luego quizás llegue a estar encantado, y ¿será demasiado pensar que pueda llegar a sentir gozo al trabajar?

El tema del trabajo nunca se agota. Hay quienes lo padecen, hay quienes lo gozan, y definitivamente hay muchos que ni siquiera lo tienen. Que no falte en nuestras oraciones la intención de que haya más trabajo digno para cada familia en el mundo.

Si no nos gusta lo que hacemos en nuestro trabajo, tendremos que trabajar en hacer que nos guste. Disfrutemos  entonces del trabajo cotidiano entendiéndolo como oración.

Eucaristía para el espíritu

¿Alguna vez tuviste la visita de alguien muy importante a cenar? ¿Cómo crees que prepararías tu casa, tu vestimenta y tu mesa si tendrías que recibir una personalidad distinguida, como un embajador, o un obispo, un presidente, o al mismo papa? Si yo tendría esa responsabilidad seguramente le dedicaría una preparación importante, echando mano a los mejores atuendos que pueda tener para mi vestimenta, mi mesa y mi casa, cuidando los detalles, y con especial esmero la pulcritud y limpieza del ambiente.

¿Y si ese “alguien importante” fuera el mismo Dios? ¿Y si en reemplazo de tu casa, el lugar de encuentro fuese tu mismo cuerpo? ¿Cuál crees que tendría que ser tu preparación?

Según lo dicta la liturgia, hoy celebramos la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: Corpus Christi.  Poco se puede agregar al hondo significado que tiene el sacramento de la Eucaristía para la Iglesia Católica, que en cada misa lo revive (literalmente) tal como aquella cena donde fue instituido por nuestro Señor junto a sus discípulos.

Como Iglesia y comunidad sabemos que la celebración de la Eucaristía forma parte medular de nuestra vida cristiana. Al momento de tomar la comunión gozamos de un honor supremo, y para recibir el banquete celestial del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, debemos corresponder en consecuencia con una preparación y estado interior a la altura de lo esperado. Y para estar en gracia y ser dignos comensales de Su mesa, el mismo Dios nos ofrece en bandeja el sacramento de la reconciliación.

Sin embargo pueden haber situaciones en las que un cristiano no encuentra ocasión para su reconciliación, o no pueda recibir sacramentalmente la comunión. Aquí es donde podemos acudir a la Comunión Espiritual, que constituye un consuelo real para quienes no pueden comulgar. Existen varias oraciones para la Comunión Espiritual, y con mucha humildad sugiero la siguiente, elegida por su brevedad y su énfasis en la “preparación”:

Señor Jesús, ya que hoy no puedo recibirte sacramentalmente, te ruego que vengas a mí de manera espiritual.

Prepara mi vida y mi corazón para que pronto pueda recibirte en tu cuerpo y tu sangre.

Amén.

tarjeta_comunion_espiritual

Te propongo un sencillo apostolado: si vamos a misa con familiares o amigos, y observamos que alguno no se acerca a recibir la comunión, podemos obsequiarle en ese momento, con discreción, esta tarjeta con la oración de la Comunión Espiritual. Con el tamaño de una tarjeta personal puede ser guardada en la billetera para tener a mano en toda ocasión: al visitar el sagrario, o al pasar delante de una iglesia, o para rezarla junto a un enfermo o un privado de la libertad.

Ojalá redescubramos el valor de la Eucaristía, y tratemos de mejorar nuestra preparación en cada nueva comunión en la que se nos brinde nuestro Señor.