Madre sin mancha

A mediados del siglo 19, más precisamente en el año 1854, el papa Pío IX proclamaba en su Bula “Ineffabilis Deus” el dogma de fe por el que la Iglesia explicita una verdad ya contenida dentro de la Tradición Apostólica y la Sagrada Escritura, o sea dentro del Depósito de la Fe (“Depositum fidei”).

“…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…”

(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)

Desde entonces, y cada 8 de diciembre, celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.

¿Pero es que los católicos creemos gratuitamente en los dogmas que declara la Iglesia? La respuesta es: Sí. Y este acto de fe que supone el aceptar las verdades dogmáticas de la Iglesia está amparado por el hecho de que se apoyan en la autoridad de Dios. No son “cosas que empiezan a ser verdad a partir de su declaración”, tampoco imposiciones caprichosas, ni mucho menos “inventos” injustificados. Un dogma de la Iglesia Católica es ante todo una verdad ya contenida, establecida y definida dentro del Depósito de la Fe.

“Los dogmas no son verdades que la Iglesia impone arbitrariamente. Son iluminaciones de la verdad objetiva. No son muros para nuestra inteligencia. Son ventanas a la luz de la verdad.”

Padre Jorge Loring

Por la iluminación del Espíritu Santo, la Santa Iglesia dispuso como verdad que los padres de María, San Joaquín y Santa Ana, concibieron sin mancha (del latín “in macula”) aquella hija que sería la madre de Jesús. María es la Inmaculada Concepción, y así lo afirmamos, creemos y sostenemos.

En Lourdes, Francia, en el año 1858, solo cuatro años después de la verdad clarificada por la Iglesia, el dogma de la Inmaculada Concepción se confirmaba. Aquella pastora de 14 años llamada Bernardita (o Bernadette) oía el saludo celestial de aquella visión que tuvo de la Virgen que le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esas palabras tan extrañas y difíciles para una niña casi analfabeta se las comunicó a su párroco, quien entendió que solo una gracia divina podría habérselas revelado. María eligió a Bernardita en Lourdes para confirmar el dogma de su Inmaculada Concepción.

En nuestra misa de hoy pongamos mayor énfasis en la devoción a la Santa Madre. Quizás esta jaculatoria  sea inspiradora ante su imagen:

“Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo”

(Lc 1, 28)

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