La pobreza necesita del samaritano

“Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?». Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver” ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?».«El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera»” (Lc 10, 29 – 37)

Durante estos días hay varias noticias que vamos siguiendo con cierta preocupación por el grado de importancia que significa en nuestra vida cotidiana: la gripe A, el dengue, el diálogo político, el controvertido y tan difundido tema de la educación sexual en las escuelas, y especialmente “la pobreza”, escandalosa e injusta como la dirían nuestros obispos en varios mensajes y documentos magisteriales. “Realidad” y “Estigma” con nombre y apellido, hoy sujeta al análisis y contradicciones de varios que vemos desfilar por los medios, teorizando soluciones que escuchamos repetidas veces con buenas intenciones pero con poco resultados en el tiempo. “Realidad” y “Estigma” tan usada por diferentes sectores en sus momentos de puja de poder y a la hora del crédito político y sin embargo cotidianamente gobierno tras gobierno, se multiplican estos rostros por nuestras calles y ciudades, siendo ya el paisaje acostumbrado que no nos sorprende y no nos conmueve. “Realidad” y “Estigma” que en cada mensaje eclesial toma un nuevo nombre y se dibuja un nuevo rostro en la larga lista que a modo de collage forma el triste cuadro de la Pobreza.

Me viene a la cabeza el mensaje de Jesús relatando la parábola del Buen Samaritano y me invita también a preguntar a la luz de nuestra realidad: ¿cuál es el motivo del hombre que bajaba de Jerusalén? ¿Económico, social, moral, espiritual, familiar? Lo cierto que el relato no detalla el motivo especifico ni se queda en especulaciones, al evangelio le interesa al hombre que se va y que sigue bajando. Lo rico de esta parábola es como continua este relato, no solo baja con toda una carga y estigma que podría llegar a tener, sino que a medida que va alejándose aparecen los salteadores, que terminaran despojando de lo que aún le queda para dejarlo desnudo al costado del camino.

Y sucedió que pasaron primero un sacerdote y después un levita y ambos dieron vueltas para no tocar al caído. Cumplían con ello una “obligación legal”. Quizás esa es la triste realidad y contradicción de nuestros días, el miedo de mirar pero no tocar y jugarnos por gestos salvadores , pero a la vez con la audacia de pronunciar el sagrado nombre de los pobres con la misma ligereza que nos lleva a olvidarlos. Seguramente estos hombres ante un tribunal religioso no habrían recibido más que elogios: habían “huido” de la impureza (y del prójimo) y renunciaban al amor en nombre de su religiosidad. Seria bueno a la hora de nuestro examen de conciencia preguntarnos ¿cuántas veces en nuestra vida cotidiana “huimos y renunciamos al amor” en nombre de muchas excusas que al final no terminan de responder a este desafío?

Jesús en contraposición al sacerdote y al levita, ha elegido a quien teóricamente menos podría presentarse como modelo, “un samaritano”: miembro de un pueblo de herejes, donde el odio era mutuo. Era un viajero corriente. Llevaba lo que todo viajero de la época portaba consigo, pero sobre todo un corazón caliente, un corazón que se deja conmover e interpelar ante el hombre – hermano caído. Es importante destacar que Jesús relata esta parábola mientras el sube a Jerusalén. Se produce el milagroso acontecimiento de un Dios que viene al encuentro de todos y de un hombre que se deja encontrar. Es el encuentro de un Dios – solidario y los hombres – necesitados, el encuentro del Amor con la carencia y la mendicidad humana, el encuentro de un hombre despojado y olvidado con la riqueza de un Dios que se goza amando.

Asistimos en esta parábola a mucho mas que una simple anécdota: asistimos a uno de los puntos centrales de la predicación de Jesús: la caridad es la fuente y la base de toda santidad. Como decía San Agustín: “Toda la humanidad yace herida en el borde del camino en la persona de ese hombre, a quien el diablo y sus ángeles han despojado”. Es Cristo el buen Samaritano quien bajando desde el cielo, carga con la humanidad a hombros para curarla. Desde que Jesús se encarno y pronuncio esta parábola todo gesto de amor tendrá ya su sello y nombre. Y especialmente la Iglesia dejara de ser la de Cristo cuando ante cada hermano al costado del camino, pase de largo. Y será mas del Señor cuando perpetúe y continúe repitiendo y actualizando el gesto del Samaritano que se conmueve e inclina ante todo hombre al costado del camino.

Que en medio de tantas palabras y estadísticas, especialmente los cristianos no nos olvidemos que los pobres son nuestros hermanos al costado del camino, y que esperan un corazón caliente y conmovido pero especialmente comprometido.

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