Jesús es Mundial

Hemos comenzado en estos días el Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, y con un prólogo de publicidades, comentarios, especulaciones, comenzó a rodar el famoso balón que hace vibrar a millones de personas en el mundo. A modo de un marco litúrgico, no deja de sorprender aun, toda la fiesta, algarabía, el color que provoca un acontecimiento de esta magnitud, y cómo un deporte puede trastocar y modificar en un mes la conducta en la vida cotidiana de las personas. Digamos que el fútbol se ha convertido en una cuestión de estado y una cuestión nacional.

Al igual que un pre-calentamiento profesional, por las calles se empieza a sentir el calorcito del mundial, desde el cotillón que expresan las vidrieras, pasando por los vendedores callejeros que anuncian el momento, las charlas que se orientan sobre temas de fútbol, se modifican los horarios de las actividades, y la pasión y la discusión se aviva más aun en los diversos medios y esquinas. Llegado el momento comienzan los grandes peregrinajes de los afortunados al lugar de culto elegido, donde los templos futbolísticos están listos para contener una gran fuerza de devotos dispuestos a la alabanza y cantos futboleros, donde los grandes equipos se encuentran para la fiesta y la gloria.

El gol, expresión suprema de este deporte, es el momento mas esperado por todos, el pico máximo de la pasión futbolística, donde de una manera extraña se produce esta aparente comunión de personas, donde sin mediar ninguna diferencia, nos fundimos en un grito y abrazo a celebrar la victoria. Y es aquí a donde quiero llegar, a este momento querido por todos, al momento del gol, donde la preparación, la técnica y la habilidad de un equipo se conjugan para lograr este momento mágico del fútbol. Aun me sigue resultando sorprendente como una anotación, puede descargar un grito contenido durante 4 años y llevarte de la agonía y la espera a la alegría y a la ilusión. Y vemos en las calles, en los bares, en las esquinas y en las casas, como todos nos fundimos en ese abrazo, donde las distancias se acortan y el anonimato queda en un segundo lugar. Donde un grito nos lleva a una sensación de comunión. Nos sentimos UNO SOLO, llevando por las calles el mismo color y la misma pasión. En los barrios, el silencio, el anonimato y las peleas, a modo de un extraño conjuro desaparecen para dar lugar a miles de cantos, risas y charlas y es que algo ha sucedido, y es que ha llegado el Mundial.

Pero hoy quiero hablarles de otra pasión, de una verdadera pasión. La pasión donde nos tendríamos que alinear todos los que nos decimos cristianos, y es la de Dios y su “pasión” por la humanidad, como dice la Escritura:

“Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a Su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida Eterna.”
(Juan 3, 16)

Su hijo “el crack” se puso la camiseta de la humanidad, jugó su mejor partido en esta tierra, e inspirado por el Espíritu metió su mejor gol a favor de todos nosotros, y con un grito contenido desde la eternidad, dijo a todos los hombres que los ama. Cuando todo parecía perdido, la genialidad de este “Equipo” nos abrió las puertas hacia la definitiva clasificación en el cielo.

Sería lindo que en cada Eucaristía podamos renovar esta pasión, de “sentir la camiseta”, como dicen algunos, la camiseta de hijos de Dios, y empezar a jugar de nuevo nuestro mejor partido: el de la Vida. Fundirnos en un abrazo emocionado, sabiendo que ya somos campeones en este Equipo. En las tribunas esta la mejor hinchada, la de miles de santos, anónimos y conocidos, que corean y animan a los que aun seguimos aquí. Ellos, desde lo alto, alaban y glorifican, ayudando a hinchar nuestro corazón en busca de esa gloria prometida. Por esto queridos “hinchas”, que en estos días de mundial, no nos olvidemos de alentarnos en este partido de la vida y nos acerquemos al Señor y a nuestros hermanos con un fuerte y apasionado abrazo, recordando el color inmaculado de nuestra camiseta y al precio que fue confeccionada.

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