La palabra “noviazgo”

Hay veces que los usos, costumbres y modismos de ciertas localías, distorsionan y hasta pueden llegar a empobrecer palabras de un lenguaje tan rico y vasto como nuestro Español. Un ejemplo representativo de este caso sería el concepto de noviazgo aquí en Argentina.

Hoy la acepción más difundida y general para la palabra “noviazgo” se ha reducido al mero hecho de “pasar el tiempo con alguien”, nada más. Ya no tiene la implicancia de otras épocas, donde tácitamente había un plan de matrimonio, un proyecto de hogar y familia, un compromiso. En estos tiempos de vorágine, velocidad, comodidad y volatilidad, parece haber menos espacio para compromisos serios en la pareja. Incluso hasta el valor de fidelidad se llega a desestimar bajo la concepción ligera del “ser novios”.

No digo que en otras culturas no hayan noviazgos inmaduros, pero creo que en nuestro país ayudaría alguna una palabra más adecuada para cada momento de la pareja. Puntualmente en este sentido, nos aventaja un estadounidense que claramente distingue entre una “girlfriend” (concepto más que transparente) y una “bride”; o una chilena que sabe diferenciar a un “pololo” de un “novio”; incluso un brasileño separa una “namorada” de una “noiva”.

Posiblemente los preadolescentes de hoy, sobreestimulados por los medios y la tecnología, sin la guía atenta de sus padres, que escuchan la palabra “novio” o “novia” aplicada a cualquier relación informal, sean los mismos que ya adultos tampoco sepan alimentar y madurar un vínculo con seriedad para orientarlo hacia el matrimonio y la familia.

El tiempo del noviazgo para una pareja cristiana no debe ser tomado con liviandad ni subestima, sino que debe ser vivido con responsabilidad, teniendo presente que es preparación para el sacramento del matrimonio, que por extensión conlleva la constitución de una familia, nada más y nada menos.

Para vivir responsablemente y a su debido tiempo un noviazgo maduro, tal vez sea necesario antes una especial atención de los padres a la formación de sus hijos para ayudarlos a distinguir, al ritmo de su crecimiento, las diferencias entre lo liviano y lo maduro, entre lo efímero y lo perdurable, entre el “flechazo” superficial y el amor hondo verdadero.

No se debe subestimar el poder de la palabra, y si noviazgo tiene la ambigüedad de describir tanto a una pareja que sale por diversión como a otra que asume un compromiso basado en el amor con proyectos de familia, tendremos que ser nosotros los cristianos quienes sepamos dar esa palabra justa para ayudar aquel amigo empantanado en un “noviazgo” sin metas o vacío. Seguramente que el Espíritu Santo con sus dones sabrá movilizarnos en la dirección correcta para el buen consejo.

El color de la sobrepelliz

Quisiera compartirles una reflexión de José Luis Martín Descalzo, de su libro “Razones para el amor”, al que no hace falta agregar otro comentario mas que el de poner a su consideración este artículo que seguramente será de provecho espiritual para todos ustedes.

Cuentan los historiadores que durante el mes de octubre de 1917, la Iglesia ortodoxa rusa vivió una tremenda discusión sobre el color que deberían tener las sobrepellices en las solemnidades litúrgicas.
Un grupo defendía, con fuertes argumentos, que deberían ser blancas. Pero otros sostenían, con no menos importantes razones, que el color apropiado era el morado. Y ninguno de ellos se enteró de que en aquel mismo mes se preparaba y estallaba la revolución rusa, que iba a cambiar la historia de todo nuestro siglo.

No es éste, desde luego, el único caso de ceguera humana. El papa León X celebraba corridas de toros en Roma mientras Lutero iniciaba su Reforma.

En España, nuestros monarcas organizaban cacerías mientras se hundía el imperio americano. Miles de creyentes se obsesionan hoy sobre si la comunión debe recibirse en la boca o en la mano mientras crece en torno suyo el descreimiento.

Y es que, curiosamente, los hombres todos somos terriblemente cortos de vista, y el mundo puede arder a tres palmos de nuestras narices sin que nos enteremos. Porque, curiosamente, el sentido que menos desarrollado tenemos es el que olfatea los tiempos históricos que vivimos.

Por desgracia, a los hombres los pequeños acontecimientos que nos afectan personalmente nos obnubilan para todo lo demás. Cuentan los historiadores que el gran Julio César estaba más preocupado por su peluquín que por la suerte del Imperio, y que Pompeyo perdió su guerra con Cesar porque el día del Rubicón tenía diarrea. Cualquiera sabe que el día que nos duele una muela nos parece que el universo entero estuviera derrumbándose.

Yo he meditado muchas veces sobre un pequeño dato de los evangelios que siempre me desconcierta: aquel en el que se cuenta que, cuando Cristo murió, los soldados que le habían crucificado se sortearon su túnica. ¿Se la sortearon? ¿Con qué? Probablemente con unas tabas, que era el juego de la época. ¿Y qué hacían unas tabas al pie de la cruz?

Es muy simple: los soldados sabían que los reos tardaban en morir. Así que iban prevenidos: llevaban sus juegos para entretenerse mientras duraba su guardia y la agonía de los ajusticiados. Es decir, a la misma hora en que Cristo moría, en el momento en el que giraba la página más decisiva de la historia, había, al pie mismo de ese hecho tremendo, unos hombres jugando a las tabas.

Y lo último que Cristo vio antes de morir fue la estupidez humana: que un grupo de los que estaban siendo redimidos con su sangre se aburría allí, a medio metro. De todo lo que los evangelistas cuentan de aquella hora me parece este detalle lo más dramático y también -desgraciadamente- lo más humano de cuanto allí aconteció.

Los hombres estamos ciegos. Ciegos de egoísmo voluntario. Y uno no puede pensar sino con tristeza en el día del juicio de aquellos soldados, cuando se les preguntara lo que hicieron aquel viernes tremendo y tuviesen que confesar que no se enteraron de nada… porque estaban jugando a las tabas.

Pero ellos no eran más mediocres que nosotros: todos vivimos jugando a las canicas, encerrados en nuestro pequeño corazoncito, creyendo que no hay más problemas en el mundo que ese terrible dolor en nuestro dedo meñique. ¿El hambre de Etiopia? ¡Nos queda muy lejos! ¿El crecimiento del paro? ¡Menos mal que no nos afecta a nosotros! ¿Los viejos abandonados? ¡Que los cuiden sus hijos! ¿La crisis de la fe? ¡Que se preocupen los curas y los obispos! ¿La paz del mundo? ¡Que la busquen Reagan y Gorbachov.

Nos encanta quitarnos de encima las responsabilidades. Y lo que es peor: no las vemos, no queremos verlas. O nos refugiamos en piadosos o pequeños gestos inútiles. Es, claro, más fácil discutir sobre el color de la sobrepelliz que luchar para contener o clarificar una revolución. Es más sencillo rezar unas cuantas oraciones que combatir diariamente contra la injusticia con todos sus líos consecuentes. Más sencillo lamentarse de la marcha del mundo que construirlo.

Y para construir hay que empezar por tener los ojos bien abiertos. Conocer el mundo. Tratar de entenderlo. Olfatear su futuro. Investigar qué gentes hay en torno nuestro luchando con algo más que dulces teorías. Cuidar, cuando menos, la pequeña parcela que hay delante de nuestra alma. Todo antes que abrir la boca asombrados el día de nuestro juicio al descubrir que vivimos en la orilla de un volcán … y ni nos enteramos.

El buen combate

El 29 de junio se celebró la solemnidad de “San Pedro y San Pablo, apóstoles, quienes sufrieron el martirio en Roma. El primero, entre los años 54 y 67; el segundo, el año 67. Pedro murió crucificado, cabeza abajo, cerca del lugar que ocupa la basílica Vaticana, edificada sobre su sepulcro. Pablo murió decapitado, según la tradición, ad aquas salvias” [1].

Nos detendremos en el texto de segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo, apóstol de los gentiles, de la misa del día, en virtud que recientemente hemos concluido con el Año Paulino decretado por S.S. Benedicto XVI. Veamos su texto:

“Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mi, sino a todos los que tienen amor a su venida…”

A veces por el trajín de nuestro día perdemos de vista hacia donde vamos. En efecto, la rutina, el trabajo, las obligaciones, las comidas, el sueño, todo ello integra nuestro día, que por lo común, será ordinario. Sin embargo, no lo es.

Lo mismo en la vida espiritual, si queremos formarnos bien y aprovechar (el carpe diem de los romanos) bien nuestro día, que mejor forma de comenzarlo que oír Misa, luego hacer un rato de oración, quizás rezar una parte del Rosario, etc.

Pero además de estar cerca de Dios, es importante transformar todos y cada uno de los momentos en “estar con Dios”. En nuestro trabajo, haciéndolo bien (con perfección humana) y con rectitud de intención. En nuestra familia, “estando” cerca, participando de una comida, de un rato de diversión. Todo ello es, en definitiva, el combate diario y en el cual forjamos el camino a la Patria Celestial. La meta definitiva. Todo lo demás, es contingente. Todo lo demás, pasa. En cambio, si vivimos conforme al estilo de vida que nos manda Jesús y que nos dejó impreso con su ejemplo en la Tierra, arribaremos a la meta y tendremos el premio que nos describe San Pablo.

En suma, esta carrera, crecer en santidad, es como un deporte. Hay que prepararse bien, tendrá momentos fáciles y difíciles, con frío y con calor, con ganas o sin ganas, pero cuando lleguemos a la meta, diremos con San Pablo: “he mantenido la fe”.

[1] Nuevo misal del vaticano II, 8ª edición, Editorial Desclee de Boruwer, Bilbao, 2001, pag 2076 y sig.

Disfrutar del trabajo

Hace algún tiempo, en los primeros años de universidad, me había formado la opinión personal casi inconsciente, de que para estar conforme con el trabajo debían darse al menos una de las siguientes dos condiciones:

  1. o quedo conforme con el pago,
  2. o quedo conforme con lo que hago.

De esta manera se podría decir “No hago lo que más me gusta, pero al menos el sueldo es bueno”, o bien “No se me paga como corresponde, pero al menos hago lo que me gusta” para animarse y seguir en determinada ocupación.

Con este planteo, no hay dudas que  será dichosa aquella persona que atesore las dos condiciones simultáneamente en su labor diaria… y en contraste, en el otro extremo, seguramente haya una gran frustración para quien no pueda contar con ninguna. De todas maneras, estar conforme transmite la idea de estar solo satisfecho, o incluso soportar, aguantar, tolerar, lo que nunca podría considerarse un estado ideal en el trabajo, como lo seria el disfrutarlo.

Sin embargo, aquel análisis hoy prácticamente lo he desestimado. Hoy sé que el concepto de trabajo es mucho más que una tarea que se realiza a cambio de un beneficio económico. Aún con una paga considerada injusta, y aún con una actividad que le disguste, creo que un espíritu dispuesto puede llegar a disfrutar del trabajo honrado que realice.

La clave: descubrir el sentido sobrenatural en la labor cotidiana, como lo enuncia San Josemaría. Entender que, nos guste o no, bien pago o no,  un trabajo honesto es oración si lo hacemos con esfuerzo y ofreciéndolo a Dios. Bajo esta nueva luz, nuestra labor rutinaria ya es oración, pero también cualquier actividad con este sentido. Cuidar un enfermo o un anciano es oración, una hora de estudio es oración, incluso preparar una comida o una labor doméstica se transforma en oración.

Ahora trabajar tiene otro color.  Desde esta nueva perspectiva alguien que hacía su trabajo de mala gana, tal vez comience a hacerlo con una sonrisa, luego lo disfrute realmente, luego quizás llegue a estar encantado, y ¿será demasiado pensar que pueda llegar a sentir gozo al trabajar?

El tema del trabajo nunca se agota. Hay quienes lo padecen, hay quienes lo gozan, y definitivamente hay muchos que ni siquiera lo tienen. Que no falte en nuestras oraciones la intención de que haya más trabajo digno para cada familia en el mundo.

Si no nos gusta lo que hacemos en nuestro trabajo, tendremos que trabajar en hacer que nos guste. Disfrutemos  entonces del trabajo cotidiano entendiéndolo como oración.

Perdón “como nosotros perdonamos”

En la letra del tema “19 días y 500 noches“, del español Joaquín Sabina, se oye en algún momento: “No pido perdón, para qué si me va a perdonar por que ya no le importa…”. Y, más allá de la historieta de la canción,  se puede comprender la decepción del personaje que la canta.

Es necesario entender, aunque pueda ser difícil a primera vista, que el perdón no es una cuestión de sentimientos, sino de voluntad. Para que exista el perdón el ofendido tiene que querer perdonar a su ofensor. Quien no perdona por que no lo siente, no entiende el concepto del perdón, y quizás todavía no descubrió su poder liberador y pacificador.

Perdonar, renunciar al desquite, a la venganza, no guardar rencor, no aprovecharse de la propia superioridad, del poder que uno tiene sobre su deudor… son actitudes que cuestan mucho al hombre [1]. Perdonar es un acto voluntario y definitivamente requiere de mucho esfuerzo.

Aún con lágrimas de bronca, rabia o dolor profundo: perdonar es el primer paso hacia la cicatrización de la ofensa, y la reconstrucción del amor y los afectos. Tal vez no sea inmediato, pero elegir renunciar al odio o rencor que envenena, y dar vuelta la página para regenerar tejidos que vuelvan a unir al ofendido y su ofensor, libera al espíritu de las amarras de la venganza y lo pacifica.

Lo sabemos, las veces que debemos perdonar son “setenta veces siete” (Mt 18, 22), que significa perdonar sin medida, sin embargo ¡cuánto esfuerzo se necesita para perdonar sin medida! San Josemaría nos invita a esforzarnos:

Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a tí.

San Josemaría (Camino, 452)

Será cuestión de adiestrar la voluntad y entrenarnos en el perdón, oración mediante, para que en cada Padre Nuestro que rezemos, podamos pedir a Dios con más devoción Su Perdón, tal como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

[1] Eleonore Beck, “Yo Creo – Pequeño Catecismo Católico”, Editorial Verbo Divino.