La fe del ateo

Sabemos que en nuestro lenguaje, el prefijo ‘a’ denota privación de lo expresado en el término base. Como ejemplo: amorfo indica ‘sin’ forma o ‘ausencia de’ forma o ‘carente de’ forma o ‘falto de’ forma. En concordancia con esto, una persona atea es una persona ‘sin’ Dios. Un ateo, lamentablemente, se ha privado de Dios.

Más aún, una persona atea niega la existencia de Dios. Deliberadamente y voluntariamnte elige no aceptar la posibilidad de que haya Dios, y así realmente lo creen, y  hasta pueden haber ateos practicantes, que quieran convencer y reclutar adeptos a su pensamiento.

Pero es sabido que nadie es ateo por razones científicas, por lo tanto no existen pruebas ni certezas que brinde la ciencia para respaldar el ateísmo. Y si un ateo niega a Dios, y además no hay razones científicas de la no existencia de Dios, concluyo finalmente que ser ateo es un acto de fe.

Con todo este análisis elemental puedo decir con seguridad de que un ateo tiene fe, lo cual no es poco y de hecho se debe valorar. Sin embargo esta fe es negativa, y muchas veces argumenta su postura (por lo menos con los que me he encontrado) diciendo que la ciencia no puede demostrar que Dios sí existe. Elige creer que no, en lugar de creer que si.

Efectivamente es imposible demostrar, tanto la existencia como la no existencia de Dios, utilizando solamente la razón. Creo que uno de los errores más comunes es pretender probar que Dios existe utilizando unicamente la razón. Para entender que Dios existe es necesaria la Fe, la que nos fue dada a través de la Revelación, y la que se nos brinda gratuitamente como un don desde el Padre.

Juan Pablo II en su encíclica “Fides et Ratio” (a mi humilde juicio verdadero oro en papel), expone magistralmente la mutua complementariedad que existe en la comunión entre la Fe y la Razón:

“La fe requiere que su objeto sea comprendido con la ayuda de la razón; la razón en el punto culminante de su búsqueda, admite como necesario lo que la fe le presenta”.

Un ateo tiene fe, solo que en lugar equivocado. Quiero ser optimista y pensar que la persona atea solamente está en medio de su proceso de búsqueda de la verdad (que curiosamente también es el objetivo de la ciencia). Si en algún momento nos topamos con algún hermano que se diga ateo, tratemos de ser faro para ayudarlo, con el trato amable y sobretodo con nuestro testimonio,  a descubrir la Verdad.

La palabra “noviazgo”

Hay veces que los usos, costumbres y modismos de ciertas localías, distorsionan y hasta pueden llegar a empobrecer palabras de un lenguaje tan rico y vasto como nuestro Español. Un ejemplo representativo de este caso sería el concepto de noviazgo aquí en Argentina.

Hoy la acepción más difundida y general para la palabra “noviazgo” se ha reducido al mero hecho de “pasar el tiempo con alguien”, nada más. Ya no tiene la implicancia de otras épocas, donde tácitamente había un plan de matrimonio, un proyecto de hogar y familia, un compromiso. En estos tiempos de vorágine, velocidad, comodidad y volatilidad, parece haber menos espacio para compromisos serios en la pareja. Incluso hasta el valor de fidelidad se llega a desestimar bajo la concepción ligera del “ser novios”.

No digo que en otras culturas no hayan noviazgos inmaduros, pero creo que en nuestro país ayudaría alguna una palabra más adecuada para cada momento de la pareja. Puntualmente en este sentido, nos aventaja un estadounidense que claramente distingue entre una “girlfriend” (concepto más que transparente) y una “bride”; o una chilena que sabe diferenciar a un “pololo” de un “novio”; incluso un brasileño separa una “namorada” de una “noiva”.

Posiblemente los preadolescentes de hoy, sobreestimulados por los medios y la tecnología, sin la guía atenta de sus padres, que escuchan la palabra “novio” o “novia” aplicada a cualquier relación informal, sean los mismos que ya adultos tampoco sepan alimentar y madurar un vínculo con seriedad para orientarlo hacia el matrimonio y la familia.

El tiempo del noviazgo para una pareja cristiana no debe ser tomado con liviandad ni subestima, sino que debe ser vivido con responsabilidad, teniendo presente que es preparación para el sacramento del matrimonio, que por extensión conlleva la constitución de una familia, nada más y nada menos.

Para vivir responsablemente y a su debido tiempo un noviazgo maduro, tal vez sea necesario antes una especial atención de los padres a la formación de sus hijos para ayudarlos a distinguir, al ritmo de su crecimiento, las diferencias entre lo liviano y lo maduro, entre lo efímero y lo perdurable, entre el “flechazo” superficial y el amor hondo verdadero.

No se debe subestimar el poder de la palabra, y si noviazgo tiene la ambigüedad de describir tanto a una pareja que sale por diversión como a otra que asume un compromiso basado en el amor con proyectos de familia, tendremos que ser nosotros los cristianos quienes sepamos dar esa palabra justa para ayudar aquel amigo empantanado en un “noviazgo” sin metas o vacío. Seguramente que el Espíritu Santo con sus dones sabrá movilizarnos en la dirección correcta para el buen consejo.