Conversión personal

Ya lo comentamos. Hablamos en la cuaresma pasada sobre este tiempo fuerte como preparación a nuestra mayor celebración como cristianos: la Pascua de Resurrección.

Pero… ¿cómo prepararnos  en el siglo 21 a revivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús? ¿Cómo vivir la Cuaresma en esta época tan secularizada? Hasta hace unos cuantos años (no soy tan viejo), recuerdo de mi niñez aquel clima especial de la semana santa en mi ciudad. Recuerdo aquel “exagerado respeto” (según mi infantil criterio) que se vivía en la programación de las pocas estaciones radiales de aquellos tiempos, sobretodo durante el jueves y viernes santo, y el canal de televisión local que siempre repetía la película “Jesús de Nazaret” de Franco Zeffirelli. También me acuerdo de las largas colas en la parroquia del barrio para el sacramento de la reconciliación, y de las charlas entre las señoras  que siempre en los negocios comentaban el menú de vigilia que pensaban para algún viernes cuaresmal. Y en la misa del domingo, por supuesto, encontrarse con todos los vecinos (o al menos casi todos).

Hoy es diferente. Antes la sociedad acompañaba la vivencia de la cuaresma, se respiraba aquel clima especial en los viernes de cuaresma y en la Semana Santa. Entonces… ¿qué ha cambiado de aquellos tiempos a hoy?

Bueno, creo que no hacen falta grandes esfuerzos para enumerar algunas razones de este secularismo (casi ateísmo en algunos ámbitos) en el que nuestra sociedad en general se ha empantanado:

  • propaganda y militancia anticlerical;
  • agresión y difamación a sacerdotes;
  • discriminación a fieles devotos y su forma de vivir la fe;
  • manipulación de puntuales casos de corrupción sacerdotal para ensuciar hasta la misma investidura pontificia;
  • resurgimiento de movimientos anticatólicos: ideologías de género, grupos feministas pro aborto, leyes anti familia (como el “matrimonio” homosexual), racionalismo, relativismo, hedonismo, etc.

Todo esto potenciado con el estallido de los medios de comunicación masiva, sumados al mal uso de las nuevas formas de comunicación digital (redes sociales de Internet, blogs y listas de correo con propaganda atea o agnóstica), hicieron un caldo de cultivo perfecto para enfriar la fe de nuestra comunidad.

Parece imposible pelear contra estos gigantes. Con tanta influencia comunicacional extranjera, empezamos a perder nuestra identidad como comunidad de fe. Importamos fiestas foráneas, como halloween o Saint Patricks (donde el alcohol reemplaza la devoción a San Patricio), y comenzamos a olvidar nuestra Cuaresma, nuestra Semana Santa y su hondísimo significado cristiano.

En este tiempo necesitamos más que nunca las luces del Espíritu Santo para ser instrumentos de conversión. Y para convertir nuestro entorno, primero debemos mirarnos al espejo con mucha humildad y reconocer nuestra propia necesidad de conversión. ¿Y cómo trabajar por nuestra conversión personal? El mismo Jesús nos da la receta en este tiempo que meditamos Su Pasión:

“Velen y oren para no caer en tentación”

(Mc 14, 38)

La oración es la herramienta sobrenatural por excelencia para cualquier apostolado, incluso para convertir nuestro espíritu, nuestro hogar, nuestra familia, nuestro entorno laboral, nuestra comunidad…

Se acaba la Cuaresma, y aunque podamos sentir interiormente que quizás no llegamos a cumplir todos los propósitos que nos hicimos al iniciarla en el miércoles de ceniza, tenemos esta oportunidad de decir “Esta Semana Santa es mia”. Desde este Domingo de Ramos y hasta el el próximo Domingo de Resurrección, tenemos siete días absolutamente nuestros para intensificar nuestra conversión y contagiar el aroma a Cristo en nuestro entorno.

Jesús es Mundial

Hemos comenzado en estos días el Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, y con un prólogo de publicidades, comentarios, especulaciones, comenzó a rodar el famoso balón que hace vibrar a millones de personas en el mundo. A modo de un marco litúrgico, no deja de sorprender aun, toda la fiesta, algarabía, el color que provoca un acontecimiento de esta magnitud, y cómo un deporte puede trastocar y modificar en un mes la conducta en la vida cotidiana de las personas. Digamos que el fútbol se ha convertido en una cuestión de estado y una cuestión nacional.

Al igual que un pre-calentamiento profesional, por las calles se empieza a sentir el calorcito del mundial, desde el cotillón que expresan las vidrieras, pasando por los vendedores callejeros que anuncian el momento, las charlas que se orientan sobre temas de fútbol, se modifican los horarios de las actividades, y la pasión y la discusión se aviva más aun en los diversos medios y esquinas. Llegado el momento comienzan los grandes peregrinajes de los afortunados al lugar de culto elegido, donde los templos futbolísticos están listos para contener una gran fuerza de devotos dispuestos a la alabanza y cantos futboleros, donde los grandes equipos se encuentran para la fiesta y la gloria.

El gol, expresión suprema de este deporte, es el momento mas esperado por todos, el pico máximo de la pasión futbolística, donde de una manera extraña se produce esta aparente comunión de personas, donde sin mediar ninguna diferencia, nos fundimos en un grito y abrazo a celebrar la victoria. Y es aquí a donde quiero llegar, a este momento querido por todos, al momento del gol, donde la preparación, la técnica y la habilidad de un equipo se conjugan para lograr este momento mágico del fútbol. Aun me sigue resultando sorprendente como una anotación, puede descargar un grito contenido durante 4 años y llevarte de la agonía y la espera a la alegría y a la ilusión. Y vemos en las calles, en los bares, en las esquinas y en las casas, como todos nos fundimos en ese abrazo, donde las distancias se acortan y el anonimato queda en un segundo lugar. Donde un grito nos lleva a una sensación de comunión. Nos sentimos UNO SOLO, llevando por las calles el mismo color y la misma pasión. En los barrios, el silencio, el anonimato y las peleas, a modo de un extraño conjuro desaparecen para dar lugar a miles de cantos, risas y charlas y es que algo ha sucedido, y es que ha llegado el Mundial.

Pero hoy quiero hablarles de otra pasión, de una verdadera pasión. La pasión donde nos tendríamos que alinear todos los que nos decimos cristianos, y es la de Dios y su “pasión” por la humanidad, como dice la Escritura:

“Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a Su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida Eterna.”
(Juan 3, 16)

Su hijo “el crack” se puso la camiseta de la humanidad, jugó su mejor partido en esta tierra, e inspirado por el Espíritu metió su mejor gol a favor de todos nosotros, y con un grito contenido desde la eternidad, dijo a todos los hombres que los ama. Cuando todo parecía perdido, la genialidad de este “Equipo” nos abrió las puertas hacia la definitiva clasificación en el cielo.

Sería lindo que en cada Eucaristía podamos renovar esta pasión, de “sentir la camiseta”, como dicen algunos, la camiseta de hijos de Dios, y empezar a jugar de nuevo nuestro mejor partido: el de la Vida. Fundirnos en un abrazo emocionado, sabiendo que ya somos campeones en este Equipo. En las tribunas esta la mejor hinchada, la de miles de santos, anónimos y conocidos, que corean y animan a los que aun seguimos aquí. Ellos, desde lo alto, alaban y glorifican, ayudando a hinchar nuestro corazón en busca de esa gloria prometida. Por esto queridos “hinchas”, que en estos días de mundial, no nos olvidemos de alentarnos en este partido de la vida y nos acerquemos al Señor y a nuestros hermanos con un fuerte y apasionado abrazo, recordando el color inmaculado de nuestra camiseta y al precio que fue confeccionada.

¿De qué tiene necesidad la Iglesia?

Compartimos el rico mensaje del querido Papa Pablo VI:

La Iglesia tiene necesidad de su perenne Pentecostés. Necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada. La Iglesia necesita ser templo del Espíritu Santo, necesita pureza total, vida interior. La Iglesia tiene necesidad de volver a sentir subir desde lo profundo de su intimidad personal, como si fuera un llanto, una poesía, una oración, un himno, la voz orante del Espíritu Santo, que nos sustituye y ora en nosotros y por nosotros “con gemidos inefables” y que interpreta el discurso que nosotros solos no sabemos dirigir a Dios. La Iglesia necesita recuperar la sed, el gusto, la certeza de su verdad, y escuchar con silencio inviolable y dócil disponibilidad la voz, el coloquio elocuente en la absorción contemplativa del Espíritu, el cual nos enseña “toda verdad”.

A continuación, necesita también la Iglesia sentir que vuelve a fluir, por todas sus facultades humanas, la onda del amor que se llama caridad y que es difundida en nuestros propios corazones “por el espíritu Santo que nos ha sido dado”. La Iglesia, toda ella penetrada de fe, necesita experimentar la urgencia, el ardor, el celo de esta caridad; tiene necesidad de testimonio, de apostolado. ¿Lo han escuchado, hombres vivos, jóvenes, almas consagradas, hermanos en el sacerdocio?. De eso tiene necesidad la Iglesia. Tienen necesidad del Espíritu Santo en nosotros, en cada uno de nosotros y en todos nosotros a la vez, en nosotros como Iglesia. Si, es del Espíritu Santo de lo que, sobre todo hoy, tiene necesidad la Iglesia. Decidle, por tanto, siempre: “¡VEN!”

(Pablo VI, discurso del 29 de noviembre de 1972)

Oración

Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es una letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad un poder,
la misión una propaganda,
el culto un arcaísmo
y la actuación moral
una conducta de esclavos.

En Cambio, en Él:
el cosmos se encuentra ennoblecido
y movilizado para la generación del reino,
Cristo resucitado se hace presente,
el Evangelio se vuelve potencia y vida,
la Iglesia realiza la comunión trinitaria,
la autoridad se transforma
en un servicio liberador,
la acción humana es deificada.

Patriarca Atenágoras I [1886 – 1972]

Tiempo nuevo

A la pregunta sobre “¿qué tiempos estamos viviendo?” podríamos responder de muchas maneras. Por ejemplo en lo inmediato diríamos que estamos en “tiempo de vacaciones”, en algún país vecino podrían decir que transitan un “tiempo de decisiones electorales”, o desde una visión más macro contestaríamos que recorremos “tiempos de cambios sociales” o “tiempos de crisis institucionales” o tal vez con mayor síntesis “tiempos difíciles”.

Desde el punto de vista cristiano también el tiempo nos rige y guía. La Iglesia a través de la liturgia nos indica los distintos tiempos en los que nos tenemos que situar dentro de la fe, y conforme a esto practicamos nuestro culto.  El ciclo litúrgico anterior tuvo en su último domingo la Solemnidad de Cristo Rey, y a partir del primer domingo de Adviento se inició un nuevo año litúrgico, aunque el año calendario haya comenzado recién el 1 de enero. En este nuevo año litúrgico pasaron ya los tiempos de Adviento,  Navidad y Epifanía del Señor, donde cada uno habrá sabido aprovecharlo con las mejores disposiciones personales posibles en cada caso. Hoy ya estamos viviendo el llamado Tiempo Ordinario o Durante el Año.

Lo sabemos: el tiempo es un don gratuito de nuestro Dios, uno de los tantos talentos que nos confió, y del que seguramente tendremos que dar cuenta sobre cómo lo aprovechamos el día que nos llame ante Su presencia. No somos dueños de nuestro tiempo, somos administradores del tiempo que nos encomendaron, y tenemos toda una vida para hacerlo fructífero y capitalizarlo en las cosas que realmente importan.

Si la misma vida se mide en tiempo, es razonable pensar que tiempo es vida, por lo que cumplir años es como cumplir medidas de vida. En consecuencia administrar nuestro tiempo es administrar nuestra vida.  Es cierto que la administración del tiempo es todo un desafío para el mundo acelerado y frenético de hoy, no obstante tendremos que encarar la empresa de capitalizar nuestro tiempo de la mejor forma para poder ser “buenos administradores” y participar del Reino que Cristo nos prometió. Si nuestro tiempo rinde frutos, nuestra vida rinde frutos.

Ciclo nuevo, año nuevo, tiempo nuevo… ¿Qué cosas son importantes para nosotros? ¿A qué le dedicamos más tiempo, a qué le dedicamos más vida? ¿Cuáles son nuestras prioridades? Momento propicio para renovar energías y enfocarnos en el mejor rinde de nuestro tiempo, que implica nada más y nada menos que vivir mejor.

Nuestros sacerdotes

Para mucha gente la idea de Iglesia está reducida solamente a la misa dominical que el cura celebra en la parroquia del barrio. Quizás alguna que otra vez haya alguna noticia sobre el Papa en los medios que haga tener un poco más de “presencia” de la Iglesia en la opinión pública, aunque sea percibida como lejana, distante, muy ajena a nuestra realidad local cotidiana.

Sin embargo, es curioso observar el entusiasmo mucho más encendido cuando en las charlas de café o incluso sobremesas familiares, la gente comenta las noticias de “escándalos” que puede protagonizar algún sacerdote (cercano o no, reconocido o no, solo importa su vínculo con la Iglesia), y que los medios procuran presentar con exquisitas producciones para causar mayor impacto y audiencia. El escándalo bien presentado nos atrae, nos invita a involucrarnos y a tomar partido por alguno de los protagonistas. Y según el ángulo propuesto por los medios nos convertimos en jueces que condenamos o absolvemos sin que haya duda que nuble nuestro veredicto.

Ocasión especial para los detractores de la Iglesia, me ha tocado escuchar expresiones como “¿Se supone que tengo que ir a la misa celebrada por esta clase de curas?”, o la clásica “¿Estos sacerdotes se atreven a escuchar confesiones y perdonar pecados?”. Todas estas actitudes estimuladas por la sensación de la vergüenza en muchas personas devotas, que no siempre tienen buenas respuestas a los ataques de estos oportunistas.

Creo que, ante todo, es importante ser humildes y reconocer en todos nosotros las limitaciones y miseras propias de la condición humana. Las mismas que tiene un sacerdote, una enfermera, un ingeniero y una monja, que también son seres humanos. No sorprende que cause mayor conmoción el escándalo de un sacerdote al de un político, después de todo un seguidor de Cristo debería ser ejemplo de vida, conducta y moral. Sin embargo olvidamos que aquel pescador llamado Simón llegó a negar hasta tres veces al mismo Jesús, incluso su debilidad hizo que no pudiera caminar sobre las aguas como su Maestro. No obstante Pedro fue elegido por el Galileo como la piedra angular de esta misma Iglesia, que tanto atacan, difaman y critican, que en su historia bimilenaria cometió muchos errores y supo pedir humildemente perdón a través de sus pontífices. ¿Con qué autoridad queremos que nuestros sacerdotes jamás nieguen el nombre de Jesús? ¿Cómo nos atrevemos a exigir que nuestros sacerdotes caminen sobre las aguas?

El dos mil años, el árbol de la Iglesia ha dado (y continúa dándonos) muchísimos frutos. No nos fijemos solamente en los frutos malos, caídos y débiles. Hay muchísimos frutos sublimes, dignos de imitación y reconocimiento permanente entre los Santos y Beatos, muchos de ellos sacerdotes… aunque sin tanta prensa en la actualidad. Aprendamos sobre sus vidas y la huella que dejaron.

Demos gracias a Dios por nuestros sacerdotes, aquellos que se cruzaron en nuestra vida: por aquel que nos bautizó, aquel que nos confesó por primera vez, aquel que nos dio la primera comunión, aquel que nos confirmó, aquel que participó en nuestro casamiento, aquel párroco que nos llegó de manera especial y nos dijo aquella homilía que parecía dirigida solamente a nosotros, o aquel que nos dio en alguna confesión ese consejo que todavía hoy recordamos.

“Adoptemos” algún sacerdote en nuestras oraciones, y en este año sacerdotal propuesto por el Papa recemos para aumentar las vocaciones sacerdotales en la Iglesia.