Balance y propósitos

¡Año Nuevo!

Entre los días finales de diciembre y los primeros de enero está la bisagra que articula cada fin de año con el próximo. Es aquí donde, tradicionalmente, nos proponemos hacer el balance del año que se va, y los propósitos para el que se inicia.

Personalmente creo que, a la hora del balance, no hay en realidad “años malos”. Sabemos que todos los años tienen, en distintas proporciones, tanto gracias como cruces. Y en todo caso, ante situaciones desafortunadas –o incluso dolorosas–, como cristianos deberíamos buscar una actitud de abandono y entrega a la providencia divina. ¡Dios sabe más! De esta manera podríamos convertir un supuesto año malo, en un año de aprendizaje, de enriquecimiento personal en nuestra vivencia de la fe, y de perfeccionamiento en nuestra relación filial con Dios Padre.

“Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman.”
(Rom 8, 28)

Por supuesto que si nuestro año viejo solo nos dejó alegrías, sonrisas, éxitos y logros… ¡a alabar y a agradecer a Dios! Y en todo caso preguntarnos “¿cómo esperará Dios que sea  mi correspondencia a tantas gracias recibidas durante el año?”.

En cuanto a los propósitos para el nuevo año, podríamos ir más allá de los personales. Es bueno proponerse “dejar el cigarrillo” o “bajar de peso”, “cultivar determinada virtud” o “sacar adelante cierto proyecto personal eternamente postergado”, pero creo que sumaría mucho tener una mirada más amplia y generosa a la hora de buscar objetivos.

Un buen criterio podría ser buscar metas que nos hagan salir de nosotros mismos, y que de alguna manera nos alienten a cultivar un espíritu de servicio más dispuesto. Entonces, al propósito personal que hayamos elegido, podríamos agregar uno familiar, y algún otro comunitario.

Propósito familiar

El propósito familiar podría buscar, por ejemplo, saldar aquella vieja deuda de visita a ese pariente enfermo, solo o necesitado ¡tantas veces pospuesta! También podría ser reafirmar –o reavivar, según sea el caso– los lazos en mi matrimonio, con mis padres, con mis hijos o con mis hermanos. Existirá, probablemente, alguna situación delicada y sensible, en la que sea necesario el perdón para empezar a sanar heridas. Pedir perdón o perdonar son, en sí mismos, grandes y nobles propósitos. Y casi con seguridad habrá en la familia alguien que necesite algún “empujón” para acortar distancias con Dios, alguien con quien tendremos especial esmero en nuestro apostolado, buscando la oportunidad y la palabra justa para ayudar a iluminar su camino de retorno –o de descubrimiento– a la fe.

Propósitos comunitarios

Hay muchísimos, bastaría preguntar en nuestra comunidad parroquial “¿qué hace falta?”. Según los “talentos” que hayamos recibido podremos ayudar en la catequesis, en la limpieza del templo, o colaborando en los distintos eventos que puedan surgir a la hora de recaudar fondos para algún objetivo. En los retiros y convivencias podremos colaborar en la cocina, o prestando los bienes necesarios para la logística. También podríamos acercarnos a las distintas pastorales que puedan haber cerca nuestro: pastoral penitenciaria, de la salud, de la familia, etc.  Y más allá de lo estrictamente eclesial, nuestro aporte comunitario podría ser en el centro vecinal, quizás promoviendo de vez en cuando películas con valores, u  organizando campeonatos de fútbol para chicos en los que se anime al compañerismo, a la solidaridad, al trabajo en equipo, etc. Podría ser interesante imprimir folletos y panfletos a favor de una mejor limpieza del barrio, creando una sana conciencia sanitaria. Tal vez programar periódicamente visitas a algún geriátrico, llevando algún regalo simbólico a algún abuelo olvidado y sin visitas, o simplemente prestando el oído y ofreciendo una sonrisa franca a lo que nos quiera contar.

Buena idea, entonces, encarar el año nuevo acuñando tres propósitos: uno personal, otro familiar y otro comunitario. Tres metas  concretas y realistas, en las que se pueda cristalizar nuestra visión sobrenatural de cara al Padre. Y, en cualquier caso, todo hacerlo siempre para mayor gloria de Dios.

“Sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios.”
(1 Cor 10, 31)

Feliz año nuevo.

“Milagro” de Francisco

Papa Francisco

Gracias a Internet tengo oportunidad de conocer personas de distintos países, y algunas —especialmente las latinoamericanas— al enterarse de mi nacionalidad, bromean sobre la fama que cargamos los argentinos: presumidos, arrogantes, charlatanes, agrandados, … , en síntesis: soberbios. Aquí uno clásico “chiste de argentinos”:

– ¿Cuál es el mejor negocio que puedes hacer con un argentino?
– Comprarlo por lo que vale y venderlo por lo que él cree que vale.

Seguramente algún mérito habremos hecho para esto.

Ahora bien, con esta “fama” por un lado, y por otro el Papa del fin del mundo conquistando al planeta con su carisma y sus gestos, atrevidamente concluyo que, gracias a Francisco, asistimos a un verdadero “milagro”: el mundo quiere a un argentino.

Asumiendo este hecho pintoresco —aunque no por esto menos cierto—, se me ocurrió un desafío interesante: ampliar ese “primer milagro” del papa. Que el mundo no solo quiera a un argentino, ni a un país, ni a un continente. Que el mundo quiera al mundo.

La idea podrá sonar utópica o romántica si se quiere, sin embargo no es nada original. Ya San Juan en su evangelio recogía esta exhortación que el Maestro nos hizo a todos los cristianos hace más de dos mil años:

“Les doy un mandamiento nuevo:ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado, ámense también ustedes.
En esto todos reconoceránque son mis discípulos:
en el amor que se tengan los unos a los otros.”

(Jn 13, 34-35)

Se trata entonces de extender las fronteras del redil de la Iglesia, hasta contener, nada más y nada menos, al mundo entero. Y dentro de este gran rebaño universal —léase católico— cumplir con este mandato divino que, a pesar de sus dos milenos de antigüedad, sigue siendo nuevo. Esto es la nueva evangelización: el evangelio —la buena noticia— es vieja, pero la manera de comunicarlo se renueva.

“Yo hago nueva todas las cosas.”

(Ap 21, 5)

Al orgullo —y al privilegio— de tener un papa coterráneo, debe anteponerse el compromiso de bautizado. Y si bien monseñor Jorge Bergoglio es argentino, el papa Francisco es del mundo entero, sin exclusividades ni localismos. Tendremos que poner el hombro todos para que el “nuevo milagro”, algún día, pueda cristalizarse. La nueva evangelización está en marcha, y hoy la encabeza Francisco. A trabajar y encomendar esta misión renovada de la Iglesia.

El Grafito de Alexamenos

Grafito de Alexamenos

Verdad, calumnias e insultos

“Αλεξαμενος σεβετε θεον”
(Alexamenos adora a [su] dios)

En 1857 es desenterrado en el Monte Palatino, el edificio denominado “Domus Gelotiana” y junto a él se descubrió, el que iba a ser conocido como el “grafito de Alexamenos”. Este grafito encontrado en un muro en el monte Palatino, una de las 7 famosas colinas de Roma, es la primera representación  pictórica conocida de la crucifixión de Jesús y la primera blasfemia cristiana conocida. La imagen representa a un hombre con cabeza de burro que estaría crucificado y a su izquierda hay un hombre que levanta una mano, bajo este gráfico hay una leyenda escrita en griego: “Αλεξαμενος σεβετε θεον”, Alexamenos adora a [su] dios.

Es sabido que el mundo intelectual y popular grecoromano acusaba a la incipiente Iglesia primitiva de “antropofagia” (comer carne humana) en sus reuniones; clara referencia a la “fracción del pan” como se llamaba en ese entonces a la Eucaristía; y otra de las pocas conocidas era de “onolatria” (adoración de un asno), tal es la confirmación de esta calumnia con este grafito donde con burla a Alexamenos se lo quiere ridiculizar en su fe.

Desde esta primitiva figura grabada en un grafito hasta los últimos aportes de la tecnología al servicio del cine, donde con burla e ignorancia en películas como por ejemplo “El sentido de la vida” de los Monty Phyton, “El Código Da Vinci” de Dan Brown, se hace un continuo acto de ridiculez de nuestras creencias y prácticas como creyentes, o marcando un oscuro camino de sospechas y de mentiras en el surgimiento de nuestra fe.

Es verdad que muchas de las causas por las cuales la Iglesia es perseguida y atacada se deben a las debilidades y escándalos de sus miembros, que nada tienen que ver con el seguimiento a Jesús, pero por otra parte, es verdad que en la mayoría de los casos la Iglesia es continuamente atacada y descalificada por sus creencias y por el estilo de vida, valido y creíble, que propone ante tantas ofertas que hoy el mundo ofrece.

“Bienaventurados aquellos que han sido perseguidos por causa de la justicia, pues de ellos es el Reino de los Cielos”.
(Mt 5,10)

La opción por una vida consagrada, el valor de la fidelidad, el respeto por la vida en todos sus órdenes, la vivencia de una sana sexualidad, la superación de nuestros egoísmos para salir en busca del prójimo, el perdón, el amor a nuestros enemigos, la valentía de anunciar y proclamar nuestra fe, todo esto solamente se vive y se entiende en lo que Juan Pablo II llamo la “lógica del amor” ante la “lógica del mal”, disfrazada de un progreso de las libertades individuales, que el mundo continuamente propone.

¡Ojo! que aquí no quiero hacer una apología maniqueísta, Iglesia vs. mundo, una guerra entre el bien y el mal, porque tanto la Iglesia como el mundo necesitan de una continua conversión. El cristiano está llamado a ser sal y luz de este mundo del cual es parte, y darle lo mejor que tiene que es Jesús Muerto y Resucitado. Pero no hay que ser ingenuos a la hora de peregrinar por esta tierra y en estas horas de la historia, que los medios de comunicación social son el grafito donde se inscriben las mayores mentiras, calumnias e injurias hacia nuestra fe, tergiversando la verdad de nuestras creencias, dejando un manto de sospecha, confundiendo y produciendo rechazo de los no cristianos y en especial de los más débiles y menos instruidos en nuestra fe.

El grafito de Alexamenos detalla en su dibujo, a un hombre con cabeza de burro crucificado, alterando la verdadera figura, transformándola en “más” grotesca e inaceptable para el mundo grecoromano. Los grafitos de hoy no solo son imágenes sino también voces y sonidos, donde en un festín de secuencias y momentos se rebaja y ridiculiza, se descalifica y vulgariza lo que muchos amamos y elegimos. Se altera y se desfigura nuestras creencias, parcializando nuestro mensaje, a modo de hacernos “intolerantes”, “retrógrados”, “medievales” y “cuadrados”, tal las expresiones que hoy en día circulan, hijas de estas grandes vidrieras mediáticas donde todo está bien y todo es aceptable.

Somos para esta corriente, hombres con cabeza de burro que adoramos a Otro con cabeza de burro, y que en el fondo les diría sinceramente “y a mucha honra”, sus burlas, sus continuos ataques no hacen más que fortalecer y enraizar más nuestra fe. Nos hace abrazar más nuestro compromiso con Dios y con el hombre, y ser más diligente con el hermano más necesitado y alejado.

San Pablo nos decía: “nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos”. Pidamos como Iglesia esa fuerza y esa sabiduría que solo viene de Dios, para no renunciar a este mensaje en medio de tantas adversidades, y escribamos y dibujemos en el grafito de todos los hombres, que es su corazón, el verdadero rostro de Dios que es amor y que nos ama. Que los obstáculos del mundo nos ayuden a todos los cristianos a ser más fieles, auténticos y humanos para la felicidad del hombre y la gloria de Dios.

Ser otros Paráclitos

“Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes”.
(Jn 14, 15 – 20)

Con la Solemnidad de Pentecostés, llega a su fin o podríamos decir también, llega a su plenitud, el Tiempo Pascual. Hemos recorrido un camino de 50 días marcados de luces, iniciado en aquel momento litúrgico de la bendición del Fuego, en la Solemne Liturgia de la Vigilia Pascual. La Palabra del Señor iniciando un “via lucis”, nos ha llevado por los caminos de la primera comunidad, saliendo de la oscuridad, del miedo y la incertidumbre, para abrirse a la novedad de Jesús Resucitado, quien en su primera aparición a todos ellos les anuncia: “¡La paz este con ustedes!”.

La Palabra continua su relato diciéndonos: “Al decirles esto, soplo sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo…” (Jn 20, 22) y “todos quedaron llenos del Espíritu Santo…” (Hch. 2,4). En esta efusión del Espíritu se cumple la promesa de Jesús: “y yo rogare al Padre y él les dará otro Paráclito para que este siempre con ustedes…” (Jn 14, 16).

Las Sagradas Escrituras contiene un conjunto de expresiones referidas al Espíritu Santo como por ejemplo: santo espíritu (Sal 50, 13), espíritu de santidad (Rom 1,4), espíritu de Dios (Rom 8,14), espíritu santo de Dios (Ef. 4,30), espíritu de la Verdad (Jn 15, 26), espíritu recto (Sal 50,12), espíritu generoso (Sal 15,14), espíritu de Cristo (Rom 8,9), espíritu de Adopción (Rom 8,15), espíritu del Señor (Sab 1,7), espíritu de Libertad (2 Cor 3,17), dedo de Dios (Lc. 11,20) y Paráclito (Jn,14,16). Pero al continuar nuestra reflexión no podemos dejar de preguntarnos: ¿a qué se refieren los evangelistas con “Paráclito”?.

Paráclito es una palabra griega (“parakletos”) que por los estudios bíblicos ha sido traducida como “abogado”, “intercesor”, “maestro”, “ayudante” y también “consolador”. Al desentrañar esta palabra luego de este ejercicio bíblico, todas ellas nos develan el actuar de Jesús y del Espíritu en nosotros. Jesús es el “primer Paráclito”, que con su presencia encarnada, abogará, intercederá por nosotros ante el Padre, será el Maestro que nos develará los secretos del Reino, el que saldrá en auxilio de los marginados y postergados, y el que nos consolará en nuestras luchas, con su presencia y sus palabras. Pero su actuar no quedará en Él, sino que se perpetuara en el “otro paráclito” prometido y anunciado.

Como una evocación de Juan el Bautista cuando refiere a Jesús: “es necesario que Él crezca y que yo disminuya…” así el mismo dirá a sus discípulos: Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré” (Jn 16,7). El anunciado se vuelve anunciador, el profetizado profetiza, y con sus palabras nos revela no Algo sino a “Alguien”. Es el Consolador, el compañero inseparable de Jesús en la tierra desde el primer segundo, y que ahora se vuelve nuestro amigo compañero de camino. El culminara la obra al terminar de revelarnos, en las palabras y acciones de Jesús, quien es Dios: un Padre amoroso que nos ama, nos anima y nos consuela.

La Iglesia hoy, más que nunca, necesita ser partícipes de este ministerio de animar y consolar que nos ha regalado el Señor en el Espíritu. Necesita actualizar ese gesto samaritano con el hombre al costado del camino, que asaltado en su fe, en su vida, y su futuro, vive la angustia, el dolor, y la incertidumbre de la lucha cotidiana. Necesita refrescar ese rostro de cercanía, y abrir sus brazos para consolar, cuidar y animar y hacerles experimentar no un consuelo humano, sino el consuelo que viene de Dios. Como nos describe el Profeta Isaías, Dios es el gran consolador de su Pueblo: “¡Soy yo, soy yo el que los consuelo!” (Is 51,12), “Como un hombre es consolado por su madre, así yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén”. (Is 66,13).

Cuantas veces escuchamos: “Animo!!”, “ya vas a ver que todo irá bien”, “no le aflojes”, etc., consuelos estériles que repetimos continuamente y no vemos cambio alguno. En este Pentecostés el Espíritu nos llama a transmitir el verdadero consuelo que solo viene de las Palabras del Señor, que al igual que con los discípulos de Emaús, los re-anima y consuela recordando sus palabras. En un clima de oración, y sobre todo de fe en la presencia del Espíritu, es posible lograr estos verdaderos consuelos de Dios en nuestra vida, en el abatido, en el enfermo, y en todo hombre al costado del camino.

¡El Espíritu Santo nos necesita para ser Paráclitos, consoladores de este mundo! Él quiere seguir abogando, intercediendo, auxiliando, enseñando y consolando, pero solo es posible esto cuando todos nosotros, los cristianos, nos abrimos a la acción de el en nuestra vida, y en nuestra Iglesia. ¡El Espíritu Santo necesita una Iglesia Paráclito! Abrir nuestras ventanas, nuestras puertas y nuestro corazón para que el “haga de nuevo todas las cosas”, que nos consuele, nos auxilie pero para salir a consolar y auxiliar con la misma fuerza de los primeros cristianos. San Pablo nos decía: “Anímense, entonces, y consuélense mutuamente, como ya lo están haciendo”.

En esta Solemnidad de Pentecostés, pidamos por intercesión de nuestra Madre, la Virgen María, esta gracia, Ella nos recuerda los consuelos de nuestras madres, y nos revela el rostro materno de Dios. La piedad la reconoce y la recuerda con este título: “Consuelo de los Afligidos” y bajo la advocación de “Nuestra Señora de la Consolación”. María, no solo “es la llena de gracia” sino que es “Paráclito” para nosotros, y nos exhorta a ser lo mismo por nuestros hermanos. Que bajo su protección nos ayude a caminar por este camino de luz y de consuelo.

“Oh Divino Maestro,
que no busque yo tanto.
Ser consolado como consolar.
Ser comprendido como comprender.
Ser amado como amar”.

(San Francisco de Asís)

Patria y Nación

Durante esta década, y parte de la próxima, muchos países de Iberoamérica conmemoran el bicentenario de sus respectivas independencias. En Argentina, hoy 25 de Mayo,  se conmemora el 201 aniversario del primer gobierno patrio constituido en 1810, y principal impulsor de la declaración de independencia el 9 de Julio 1816.

En el marco del Bicentenario se potencian un sinnúmero de actividades culturales, sociales, deportivas, educativas, y también religiosas. Y en este contexto hoy recordé una nota de ACI Prensa citando un documento elaborado el año pasado por la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina.

Más allá de la exhortación de los prelados argentinos a “crear leyes que respeten la dignidad humana, la familia y la sociedad” (intenciones burladas ese mismo año con la aprobación de una ruidosa ley antifamilia), y a “trabajar por la construcción de una nación reconciliada con la ayuda de todos”,  quiero detenerme en el título de esta declaración: “La Patria es un don, la Nación una tarea”.

Cuánto poder de síntesis en ese título. A primera vista es comprensible el don, ese regalo gratuito que es la Patria misma, y que heredamos de aquellos primeros patriotas. Pero pregunto… ¿podremos como sociedad dimensionar la tarea de Nación a la que estamos obligados? Creo que entender la tarea no es tan simple como entender el don.

Transitamos actualmente una época de mucho tumulto social en Argentina, donde se diluyen valores en antivalores, y desde los medios y el gobierno se estimulan antagonismos y rivalidades viscerales en pos de alguna conquista política. “Divide y reinarás” reza la máxima, y nunca vimos tan claramente su veracidad. Polarizar la sociedad recurriendo a la ingeniería de la información manipulada, de la conmoción, el sensacionalismo, el sentimentalismo, o la simple y llana mentira, son moneda corriente en este tiempo. Todo vale en los círculos de poder.

He ahí el campo de batalla para nuestro buen combate. Como cristianos comprometidos tendremos que “transpirar la camiseta” y dar pelea en esta tarea de Nación. Tendremos que resistir la tentación de ser cómodos y pasivos, y asumir como bautizados la responsabilidad de derramar la luz del Evangelio y sus valores en este mundo alejado de Dios. Entendamos que ser tolerantes no es abdicar valores, y ser respetuoso no significa callarse y dejar que se oculte la Verdad. Ante la realidad que nos interpela y nos exige manifestarnos aún “a contrapelo”, tendremos que transformarnos de simples habitantes a ciudadanos comprometidos.

No será fácil el camino a nuestra Nación, pero San Pablo nos anima:

“Todo lo puedo en Aquel que me conforta”
(Filipenses 4,13)

“Si Dios está conmigo, ¿quién contra mi?”
(Romanos 8,31)

Todavía estamos encendidos por la Pascua de resurrección, y en este tiempo pascual sentimos la presencia real de Cristo viviente entre nosotros. De Él recibamos el ánimo y audacia para lograr nuestra tarea.

Feliz día de la Patria a toda Argentina, y feliz bicentenario a toda Iberoamérica.